el chapo
Sean Penn logró una fotografía con el Chapo Guzmán, cuando éste aun estaba libre en su estado natal, Sinaloa. Imagen propiedad de Rolling Stone.

El actor estadounidense Sean Penn ha declarado que su ensayo de entrevista con el capó mexicano Joaquín Archivaldo Guzmán Loera, “El Chapo Guzmán”, y publicada el lunes 11 de enero por la Revista Rolling Stones,“ha fracasado”, por cuanto no cumplió su objetivo original de “abrir el debate sobre el consumo y tráfico de estupefacientes, así como los efectos de la guerra contra las drogas lanzada por EU y otros gobiernos”. Estas nuevas declaraciones de Penn, luego de la captura del Chapo Guzmán el 8 de enero pasado, son parte de una entrevista que sería difundida el próximo domingo 17 de enero en el programa “60 minutes” de la CBS.

El actor explica su desencanto dado que luego de más de una semana de publicada la entrevista, si acaso el público de Estados Unidos ha dedicado el 1% de su tiempo a hablar de este problema, sería “generoso”. Penn ha tropezado con esa gruesa pared de transparente y nítido vidrio blindado que constituye el imaginario con el cual el sistema de poder en Estados Unidos ha conformado la tradición inventada que el problema de drogas que le afecta se debe simplemente a esos rudos y bigotudos latinos que la traen desde el sur de sus fronteras y a los que hay que acribillar a balazos.

Un estadounidense promedio no solamente no percibe el hecho que el sostenido y creciente consumo de su propia sociedad, su demanda de drogas, es la que crea esa profusa y violenta oferta y cadena de negocios que desde su frontera sur se atropella para satisfacer esos gustos, sino que no le cabe en la cabeza preguntarse cómo el dinero que paga por ese consumo, circula, se acopia y se traspasa en su propio país, lavándose de regreso a sus proveedores en el extranjero. Y menos, por qué es más importante que la DEA y demás aparatos anti crimen se estacionen o atisben en México, Colombia, Panamá, El Caribe o Venezuela antes que en el resguardo de sus propias fronteras y puertos para evitar el ingreso, por ejemplo, de las más de 160 toneladas métricas anuales de cocaína que entran impunemente en Estados Unidos.

El propio Chapo Guzmán afirma en su entrevista con Penn y con la actriz mexicana Kate del Castillo (que localizó a este jefe del Cartel de Sinaloa antes que la DEA o las fuerzas policiales mexicanas), que su eventual desaparición física no iba a mermar en nada la existencia de ese mercado signado por la demanda de los consumidores de EEUU. El mercado de drogas seguiría funcionando.

En su artículo en Rolling Stone, Sean Penn llega a afirmar más explícitamente: “Somos (los estadounidenses) los consumidores, y como tales, somos cómplices de todos los asesinatos, de toda la corrupción existente en la capacidad de una institución para proteger la calidad de vida de los ciudadanos de México y los Estados Unidos, y que es el resultado de nuestro insaciable apetito de narcóticos ilegales”. Y continúa: “¿Estamos diciendo que lo que es sistémico en nuestra cultura, y está fuera de nuestra vista y control directos, no comparte ningún tipo de equivalencia moral con las abominaciones que pueden rivalizar con los asesinatos provocados por el narcotráfico en Juárez?”.

Sean afirma igualmente, criticando el enfoque violento y militarista de la lucha anti drogas de su país: “Caben muy pocas dudas de que la Guerra contra las Drogas ha fracasado”.

En otro medio, yo había comentado de las afirmaciones de John Kelly, Jefe militar del Comando Sur de Estados Unidos, que expresó en la XXXII   Internacional para el Control de Drogas (IDEC) en Colombia: “Soy el primer norteamericano en admitir que el problema son las sociedades consumidoras. Mi país es el principal, Brasil el número dos, y Europa y Asia”, añadiendo más adelante que: “Tiene mi país una demanda insaciable por las drogas: no hablo de marihuana, también hablo de cocaína, heroína, metanfetaminas”.

Algunos presidentes latinoamericanos en su momento, como Oscar Arias, Laura Chinchilla, Otto Pérez, Daniel Ortega, Chávez, tomaron  iniciativas de hacer un llamado a los países consumidores,  a asumir sus responsabilidades por esa demanda de drogas, y no simplemente llevar a cabo acciones de destrucción de las capacidades de producción y distribución al sur del Río Bravo, pasando por el uso intensivo de la fuerza y la agudización de la violencia en nuestros países. Como dice el Informe de la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (Naciones Unidas) correspondiente a 2014: “Frente al problema mundial de las drogas, los destinos de todos los países están entrelazados” y es necesario abarcar integralmente toda la cadena de esta actividad.

Por ello, quizás Sean Penn no debería sentirse tan desalentado, si también se empeña en investigar más sobre el eslabón perdido, el circuito económico de las drogas: ¿quién es el que se lleva ese queso?

Es conocido que entidades como el Citigroup, JP Morgan Chase & Co., el desaparecido Wachovia, HSBC Holdings, ING Bank, Standard Chartered, American Express Bank International, Western Union, entre otros, han sido acusados  en EEUU en los últimos años, por graves “fallas” en el control del lavado de dinero, implicando miles de millones de dólares en transacciones oscuras, especialmente con casas de cambio vinculadas a los carteles mexicanos. De hecho, ningún banquero o sus ejecutivos en Estados Unidos, han sido objeto de sanciones penales.

Penn acierta al final de su artículo en Rolling Stone: “Sin un cambio de paradigma, sin entender la vertiente económica y la enfermedad de la adicción, los padres en México y los EE.UU. se arriesgarán cada vez más a sustituir esa pregunta estándar que hacen a sus hijos adolescentes antes de salir por la noche con los amigos de “¿Adónde vas esta noche?” por “¿Dónde vas a morir esta noche?”

Pareciera ser, estimado señor Penn, que estos hechos hacen suponer que la drogadicción es intrínseca al estilo de vida “americano”.