Aminta Granera
La jefa de la Policía Nacional, primera Comisionada Aminta Granera. D.U./Confidencial.

En un operativo antidrogas durante la noche del sábado 11 de julio, fuerzas especiales de la Policía Nacional de Nicaragua, cuya jefa inmediata es la ex monja y militante sandinista Aminta Granera, a su vez subordinada directa del Titular del Ejecutivo, en un hecho que ya es repetitivo, hirieron a 4 niños de 13, 12,11,5 años de edad, dando muerte a dos de ellos: los hermanos Aura Marina y José Efraín Reyes Ramírez, de 12 y 11 años. Un tercer hermano,Axel Reyes Ramírez, de 13 años, permanece hospitalizado, junto a Miriam Natasha Guzmán Ramírez, de 5 años.También dieron muerte a una tía de los pequeños: Katherine Ramírez Delgadillo, de 22 años. Masacre.

Salvó su vida el pequeño  Ezequiel Reyes, de 3 años, a quien su madre logró proteger de la lluvia de balas a través de los tres puntos de emboscada.

La explicación de la Policía es sencilla: estaban emboscados en un abandonado camino rural de la capital, Managua y pasó un carro muy parecido al que esperaban (por un hipotético trasiego de drogas), que no se detuvo en esa oscuridad total ante el grito de alto de los policías vestidos de civil y enmascarados, por lo que no tuvieron mas remedio que “rafaguearlo” con sus Akas desde los tres puntos donde estaban emboscados, con los resultados descritos: Cinco miembros de una pacífica familia heridos, tres de ellos de muerte. Ellos regresaban de un culto evangélico.

Yelba Nohemi Ramirez, madre de los pequeños muertos en emboscada nocturns de  Las jaguitas, muestra sus golpes de culata y raspones al haber sido arrastrada por los "Tapir" de la Policia  . Foto Uriel/LAPRENSA

Yelba Nohemi Ramirez, madre de los pequeños muertos en emboscada nocturna de la Policía en Las Jaguitas, Managua, muestra sus golpes de culata y raspones al haber sido arrastrada por los “Tapir” de la Policía, aun después de la masacre a su familia . Foto Uriel/LAPRENSA.

Para colmo, los policías, aun viendo su error, golpearon y maltrataron a los dos padres sobrevivientes y en especial a la madre de los niños asesinados,Yelka Noemí Ramírez, quien está embarazada y ha dado escalofriante testimonio de la brutalidad de los policías. Los policías tardaron más de una hora antes de autorizar asistencia médica a los heridos.

Yelka no deja de calificar de “MALDITOS” a los verdugos de sus hijos y de su hermana. Casi en la misma fecha que la masacre del 19 de julio del 2014, donde murieron 5 personas y resultaron mas de 40 heridas, el país sufre por otra masacre, esta vez perpetrada por los supuestos protectores de la ciudadanía. Pero a diferencia de la anterior, solo una pequeña parte de las fuerzas participantes en este operativo ha sido mencionada: sin decir los nombres, ni rangos, se habla que por “orden presidencial” , se ha dado de baja deshonrosa a “14 elementos” participantes. Esto, sin mediar ninguna investigación exhaustiva, científica, objetiva para determinar responsables a lo largo de la cadena de mando. Otra vez los superiores se protegen con los chivos expiatorios de rangos mas bajos. El oficial que aprobó el operativo, el tipo de orden emitida con las instrucciones operativas, el oficial a cargo en el terreno, los oficiales encargados de los tres grupos de la emboscada, el oficial que dio la orden de abrir fuego, los policías que efectivamente abrieron fuego, etc.

Se percibe el surgimiento de otra nebulosa sumándose al  sinnúmero de casos oscuros donde se involucran intereses políticos y del partido en el poder, con  la impunidad extendiéndose como mancha de aceite en este “maldito país”. Y es que la verdad es un elemento peligroso para la estabilidad del poder en todos sus órdenes, en Nicaragua.

En un país civilizado, semejante cadena de “errores” como las del caso de Las Jaguitas, provoca al menos por vergüenza o celo profesional, la renuncia de los mandos superiores, al tiempo que se someten a la investigación objetiva y a la justicia.

Pero esto no funciona en Nicaragua: la Jefa de la Policía, la ex monja Aminta Granera, muy digna y firmemente declara: “Yo no voy a renunciar”. No bastan esos resultados de una familia masacrada, dos niños y una joven de 22 años, muertos, dos niños heridos, otro pequeño traumatizado por siempre, para considerar esa renuncia. Puede mas la orden política de sostenerse en el mando, a toda costa.

Claro, la Jefa de Policía acudió a la vela de los niños y la joven muerta y derramó unas cuantas lágrimas, muy sinceras, de pesar, junto a los operadores políticos que hacen llamados de paz, amor junto a los cadáveres, pero callan mencionar a la justicia. Pero esa agua derramada de sus ojos, pidiendo perdón por los errores de la brutalidad policial, pero escamoteando la justicia, no lava la sangre derramada, que exige, precisamente, la verdad y la justicia: Debe presentarse a los presuntos asesinos; deben decirse sus nombres y sus rangos; debe exponerse la cadena de mando total, involucrada en esos hechos; debe proponerse un resarcimiento a la familia afectada y debe ponerse ella misma. la Jefa de Policía, bajo investigación y bajo las disposiciones de la justicia. Debe renunciar.

Es la forma mínima para contribuir a huir de esa maldición de las masacres en Nicaragua.

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Y te darás cuenta que no basta rezar, ni hacer como que rezas, ni llorar, ni hacer como que lloras. Ni pedir perdón. Porque pedir perdón una y otra vez sobre tus mismos errores demuestra que lo que haces es negar justicia, negar tu obligación de resarcir y luchar por resarcir el daño. Y que el primer acto de justicia y resarcimiento a las víctimas de esos que llamas errores, es que renuncies a seguir cometiéndolos. Porque llorar por un perdón sin justicia y sin resarcimiento no sólo es cínico de tu parte, sino que te hace parte de la criminalidad que decís combatir.

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