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Aqui, la tortuga es hecha prisionera por la turba, con la curiosa mirada de algunos niños.

Era una Paslama de porte mediano, que estaba arribando, algo desorientada,  a las tórridas horas de las tres de la tarde del Viernes Santo de este 2015, a las calcinantes arenas de Pochomil. Un grupo de alegres bañistas, bulliciosos y retozones, procuraban refrescarse con esas aguas, al tiempo que en segundos se recalentaban la piel bajo al ardiente sol semanasanteño. La vieron.Tortuga1

Y un grupo que estaba en un esterito cercano, libando del San Antonio, se dejó venir lanzando  estridencias y sonidos como gritos de guerra: “¡¡la tortuga, la tortuga!!” y de inmediato, sin darle tiempo a reaccionar, le cerraron la salida, la atraparon, la cargaron por sus aletas, con algo de dificultad, por su peso, y la llevaron playa adentro.

Un remolino de gente, hombres, mujeres, niños nos acercamos a ver qué era lo que sucedía.

La tortuga movía desesperadamente sus aletas para remar en el aire, resoplando,  sostenida por los dos tipos gritones, que hacían lo mismo, resoplando también, excitados. La tiraron en la arena, bien alejada de la línea de marea. Un tipo panzón, bajo, recio, le pisó las aletas para vencer la resistencia de la Tortuga para avanzar de regreso hacia el mar. Ella, la tortuga, diríase que estaba en pánico ante esa violencia inimaginada. Tenía sus ojos bien abiertos y hacía popitas de agua por sus narices.Tortuga2

Y los dos tipos, rodeados de sus compañeras que se bañaban con pantalones cortos y camisetas flojas, empezaron frenéticos, como si ellos fuesen las tortugas, a excavar un supuesto hoyo para forzar el supuesto desove que la tortuga, al llegar a ese punto de Pochomil, iría a hacer.

La arrastraron, poniendo su cloaca en dirección al hoyo de desove, gritando instrucciones, todos, de cómo inmovilizarla, cómo ponerla en dirección al hoyo, como sacudirla para que soltase los huevos que pensaba dejar para su reproducción. Ya había casi un centenar de personas presenciando el espectáculo.

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El tipo frenético corre con su su presa, la indefensa tortuga, pensando extraerle a la fuerza, sus huevos. Fue el más violento en la discusión. ¿Alguien lo reconoce?

Algunas mujeres comenzaron débilmente a implorar compasión por la tortuga, pisada en sus cuatro aletas, por las patas de los dos agitadísimos tipos. Las mujeres de los tipos comenzaron a contestarles con malas palabras, diciéndoles que se callasen, diciéndoles viejas metiches, que bien comían huevos de paslama en los restaurantes y allí estaban haciendo el escándalo por una simple tortuguita.

Uno de los tipos, casi sentado sobre la desfortunada, gritaba que le fueran a traer un balde, quizás pensando que un aborto de huevos sería como esas máquinas de casino que hacían caer las moneditas una tras otra. El griterío era ya estridente. Pocas voces, en realidad sólo mujeres y uno que otro niño sensible, pedían liberarla y dejarla en paz. No pude más y me acerqué hasta esos tipos: “Oiga usted, porque  no deja de maltratar así a ese inocente animal? Ella está indefensa..qué quiere usted, comerse sus huevos?  Entonces yo lo invito a almorzar en el restaurante más cercano, si la suelta”.

El tipo casi sentado sobre ella y que estaba esperando con sus manos abiertas las chorreras de huevos que caerían, según sus estimaciones y conocimientos biológicos, desde su cloaca, me contestó indignado: “¿Y a usted qué le importa lo que yo haga? No le estoy haciendo ningún daño ni a la tortuga, ni a usted, así que mejor cállese!!

El compañero del tipo, con el rostro totalmente descompuesto, soltó las dos aletas de la tortuga que estaba pisando y se dirigió hacia mí, raudo y amenazando, con el dedo índice en alto y señalándome,  con las venas de su cuello totalmente resaltadas y me grita: ¿ Y vos quién sos, pendejo? ¿Sos el dueño de la tortuga?- No, le contesté, también alzando la voz; la tortuga es de Nicaragua. Supongo que vos, como yo, somos nicaragüenses. Somos sus dueños y por lo tanto, no las queremos ni dañar, ni destruir. ¿O vos no sos nicaragüense?, le contesté.

El tipo, que fue el que la sacó de primero desde el agua me grita de nuevo, con el cuerpo ya dando brinquitos para una pelea:” No le estamos haciendo ningún daño! La tortuga salió sola del mar, a desovar!”. Le dije: Yo te vi sacándola y tengo fotos que te tomé haciéndolo. Así que sí; es cierto, querés hacerle daño y se lo estás haciendo por estar desesperado por comerles sus huevos!

A estas alturas ya el público nos rodeaba, las mujeres y otros compañeros de su grupo también me rodeaban, insultando, diciendo que solo los ricos se daban el placer de comer huevos de Paslama en Semana Santa y en las playas. El tipo se acercaba a mi señalándome de entrometido, el ataque era inminente, pero algunos familiares míos se habían acercado y ya me estaban tomando de los brazos y jalándome hacia afuera, pidiendo que no siguiese diciéndole nada a ese energúmeno. Otro me dijo que hasta una de las mujeres de su grupo ya le habían pasado un machete al enardecido tipo afanado por los huevos de tortuga. En realidad, la agresividad y violencia de estos sujetos, no iba a distinguir entre una tortuga paslama y un ser humano.

Nos retiramos entonces, en medio de una lluvia granizada de insultos, gritos y chifladeras de una parte de esa multitud a enardecida por el incidente. Se quedaron ellos, a esperar que la desorientada tortuga, expeliera sus ansiados huevos.

Me dije, al alejarme de la escena: -En realidad, ésta también es Nicaragua, querámoslo o no. Es nuestra parte primitiva, violenta, básica, irracional. Recordé que ese mismo tipo de perfil se encontraba en los mítines sindicales donde el partido de gobierno no dejaba surgir ningún tipo de disidencia. Se me vinieron a la mente aquellas imágenes de los camisas azules sandinistas apaleando mujeres y jóvenes en las rotondas, robando vehículos, celulares, asaltando a su disidencia. Sí, es el mismo perfil el de estos sujetos. Es el mismo índice acusador. Son las mismas venas resaltadas en los cuellos. Es la misma vocinglería y excitación grupal. Es el ser humano moviéndose por sus instintos básicos: comer, beber, recibir algo de gratis, no importa el daño que cause ni lo irracional y violento de sus actos.

La Prensa. Imagen de video tomado por el hijo del empresario Arcia.
La Prensa. Imagen de vídeo tomado por el hijo del empresario Arcia.

Solo unos instantes más tarde del incidente en Pochomil, mirábamos las imágenes de la policía sandinista arrastrando de pies y manos al empresario Milton Arcia, al que le demolieron en un par de horas y con saña un edificio de dos plantas que le había llevado varios años levantar en Moyogalpa, mientras simultáneamente, un yate de su propiedad se hundía en el Lago de Nicaragua. Ninguna autoridad estatal o municipal ha dado una explicación oficial de esos hechos.

Esa también es Nicaragua. La tenemos  dentro de cada uno de nosotros. Tribu. Somos tribu manipulada por caciques esperando únicamente comer, beber, recibir un regalo, un golpe de suerte como una despistada tortuga cargada de huevos. Solo abrimos la mano a  la cloaca que generosa se abrirá para quitarnos el hambre y la sed de tener  y consumir de gratis que cargamos. Eso, es lo que suponemos y no habrá fuerza ni razón en el mundo que nos haga pensar y actuar diferente. Nos alzaremos llenos de ira, de furia destructiva contra el que se oponga a estas reglas del juego.

Érase una vez una  desorientada tortuga Paslama que tuvo la desdicha de arribar a las playas de Pochomil en Nicaragua, un Viernes Santo  a las 3 de la tarde