aRBOL DE LAS TORMENTASRecordando aquellas letras de Neruda, de fondo en aquel programa radial del profesor y marxista nicaragüense, Byron González​, me pregunto qué será de esos

“(…) muertos desnudos, 
muertos azotados y heridos, 
muertos de rostros imposibles, 
empalados sobre una lanza, 
desmenuzados en la hoguera, 
decapitados por el hacha, 
descuartizados a caballo, 
crucificados en la iglesia” (...)

que dieron sus valiosas vidas por una revolución que nos ha llevado al punto donde estamos: presos por la mediocridad, del más o menos, de la chicha y limonada, de la medianía, el apetito y megalomanía de un poder pequeño, pero muy pequeño burgués.

Aquellos humanos que soñaron con romper las cadenas y se rompieron a su vez, sus venas y sus huesos, quitando vidas y entregando la propia, sin vacilación. Tiemblo al recordar esa ausencia de vacilación, esa “alegría por la lucha y el combate” de esos muertos azotados y heridos en esas batallas, como que no se imaginaban, no olían el tufo a traición, la pestilencia de los instintos bajos de unos cuantos infiltrados que en el fondo sólo perseguían los objetivos que hoy han conseguido y que hoy nos atormentan a todos.

¿Revolución? ¿En eso te has convertido? ¿Te saciaste de sangre tan pura, tan humana, para convertirla en pedazos de moronga que esos gamonales engullen, sin vergüenza alguna, sin remordimiento?

¿No oyes, revolución, los gemidos de los empalados, de los desmenuzados en la hoguera, los decapitados y mutilados “por el hacha criminal” que reclaman por sus vidas, sus vidas no vividas, sus vidas ofrendadas?

Los redimidos, nosotros los sobrevivientes y ustedes, los nacidos por ellos, los nacidos sin darse cuenta que han nacido y nacen ya endeudados por esas generaciones, con esos muertos y heridos de rostros imposibles, de rostros invisibles, debemos empezar a pagar esa cuenta, ellos nos reclaman.

No tenemos mas patrimonio que el estar vivos. Nada traemos ni nada nos llevamos de este mundo. Podemos soñar con manjares, grandes riquezas, grandes placeres. Pero al despertar, tenemos las manos vacías y estamos desnudos. Solo la vida cuenta.

Por eso, la deuda de vida con esos muertos debe empezar a ser saldada. No hay que darle tregua a los que han convertido una pila de cadáveres a los que guiaron a la muerte, en escalones de su propia existencia. Tienen manchadas sus manos con esa sangre pura de los sacrificados y deben de recordarlo cuando comen sus manjares, cuando beben sus aguas puras embotelladas en las montañas donde otros ofrendaron su vidas, cuando miden el tiempo de traición en sus Rolex, cuando firman sus decretos para el saqueo del país, cuando levantan su índice de azote y muerte contra quienes osan retarles.

Ellos serán juzgados por tantos muertos traicionados.