Orwell 2Este título es la famosa sentencia contenida en el libro “Rebelión en la Granja”, escrito por George Orwell en 1945, obra que ha sido considerada una de las más visionarias paráfrasis sobre la dinámica generada hasta hoy, mediante la cual las revoluciones sociales y políticas giran en torno a sí mismas hasta terminar en el mismo estado que se quiso destruir o transformar, ya sea autodestruyendo a sus profetas originales, o transformándose éstos, como el caso del Cerdo Napoleón en el relato  de Orwell, en homólogos o calcos de las clases derrocadas, una nueva versión del señor Jones, el antiguo explotador, represor y opresor.

Ya antes, por ejemplo, la epopéyica revolución francesa, que representaba su aspiración republicana y democrática con Marianne y su gorro frigio, la Matria enarbolando sus principios de «Libertad, igualdad, fraternidad», en medio de sus estertores, resultó pariendo nada menos que a un emperador con todo y corona de olivo en su cabeza. Este personaje había sido amigo fiel de los Robespierre, ungido como general de la República y miembro del Directorio revolucionario, luego convertido en Primer Cónsul, Cónsul Vitalicio, antes de autoproclamarse, ante el Papa romano, como Emperador de Francia y luego, Rey de Italia, etc. Un ex jacobino, devenido en Emperador: Napoleón. De este ejemplo, quizás Orwell tomó el nombre en su relato, para estos estamentos transformistas de héroes, a villanos.

Por su lado, también los gigantes del pensamiento revolucionario moderno, Marx, Engels, Lenin, terminaron, seguro que a su pesar, generando más bien monstruos, como Stalin, Pol Pot, Abimael Guzmán, la dinastía de los Kim en Corea del Norte, o personajes de cultismo mercadeados como mini-dioses como Fidel Castro, Chávez  y en alguna medida, Don José

Este último tipo de mini-dioses ha terminado a su vez, bien imitando a los déspotas que pretendieron derrocar (Batista, Somoza, Carlos Andrés Pérez) o girando  360 grados desde sus posiciones en sus apogeos revolucionarios.

Por ejemplo, lo que hizo Gorbachov en la URSS (1985-1991) tratando de plantear reformas de reversión cuando ya era tarde, lo está haciendo Raúl Castro en Cuba, tratando de enmendar los errores históricos de su hermano y del grupo dirigente “histórico” en ese país. A juzgar por el ritmo de estos ajustes, pronto Cuba se volverá a convertir, de manos quizás todavía de los “comunistas” cubanos, en el crucero del Caribe de Estados Unidos. Giro en redondo, mucha sangre, sudor y lágrimas, en menos de tres generaciones.

En el relato de la Rebelión en la Granja, aunque se señalan algunos síntomas de malestar contra la oligarquía revolucionaria de los cerdos (o rebeldía o revueltas, al decir del filósofo nicaragüense Freddy Quezada), no se alcanza a vislumbrar si el nuevo sistema de felicidad iría a entrar en un colapso, como en la realidad sucedió en el caso de la Unión Soviética, en diciembre de 1991 o en Nicaragua, en las elecciones de febrero de 1990.

En Nicaragua, el retorno al poder (2006)  por la vía electoral (por la vía electoral se habían marchado en 1990), trajo a los revolucionarios sandinistas greñudos del 79, vestidos ahora de saco, corbata y maletín, como hombres de negocios casados con las hijas de sus enemigos de clase de antaño y en el caso de su líder don José, con una hueste familiar que de inmediato, se colocó, pese a sus problemas de militancia, formación y juventud, como altos cargos del gobierno o gerentes de varias ramas de negocios de la familia-Estado, en apoyo a su política propagandística de proyectarse “alejado” del ejercicio cotidiano del poder.

Ya la figura del Cerdo Napoleón de Orwell, parece una crónica descriptiva actualizada para ese tipo de liderazgo en Nicaragua: “Por aquellos días, Napoleón rara vez se presentaba en público; pasaba todo el tiempo dentro de la casa, cuyas puertas estaban custodiadas por canes de aspecto feroz. Cuando aparecía, era en forma ceremoniosa, con una escolta de seis perros que lo rodeaban de cerca y gruñían si alguien se aproximaba demasiado. Ya ni se le veía los domingos por la mañana, sino que daba sus órdenes por intermedio de algún otro cerdo, que generalmente era Squealer”.

Squealer es, en el relato de Orwell, el eficaz vocero, propagandista y publicista de Napoleón que incluso, tergiversa la historia no sólo minimizando el papel revolucionario de los ahora enemigos del cerdo líder, sino argumentando que siempre habían sido infiltrados del enemigo o bien, anunciando que la música e himnos de la lucha revolucionaria quedaban prohibidos, puesto que la Rebelión ya había pasado y era hora de nuevos cantos y poemas, o bien presentando “los domingos por la mañana largas listas de cifras, demostrando que la producción de toda clase de víveres había aumentado en un 200 por ciento, 300 por ciento, o 500 por ciento, según el caso. Los animales no vieron motivo para no creerle, especialmente porque no podían recordar con claridad cómo eran las cosas antes de la Rebelión. Aun así, preferían a veces tener menos cifras y más comida”.

A los cerdos dominantes siempre les funcionaba la divisa: “sino haces esto, estarás favoreciendo el regreso del señor Jones, que conspira desde afuera contra Granja Animal”.

La divisa de la Granja Animal de Orwell, que rezaba originalmente: “todos los animales son iguales”, una vez llegados los cerdos al poder, se revisa a: “Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros”, justificando su vanguardismo y la preminencia del partido de los cerdos, controlado por Napoleón.

En aquella escena muy citada, donde los viejos cerdos revolucionarios se reúnen y están brindando con sus antiguos enemigos de clase, los empresarios que habían sido hostiles en un principio contra la Granja Animal, ahora satisfechos de realizar pingues negocios benéficos para ambas partes, el líder empresarial hace un discurso de agradecimiento al sagaz Líder Napoleón, y dice que en la Granja Animal se habían encontrado “No solamente los métodos más modernos, sino una disciplina y un orden que debían servir de ejemplo para los granjeros de todas partes. Él creía que estaba en lo cierto al decir que los animales inferiores de “Granja Animal” hacían más trabajo y recibían menos comida que cualquier animal del condado. En verdad, él y sus colegas visitantes observaron muchos detalles que pensaban implantar en sus granjas inmediatamente”. El líder empresarial estaba feliz de hacer negocios con el Líder de los cerdos, Napoleón.

En la Nicaragua socialista, cristiana y solidaria, suele repetirse, como argumento de atracción de inversiones extranjeras, el enorme atractivo de contar con la fuerza de trabajo más barata de toda la región e incluso una de las más baratas del mundo, disciplinada, obediente y sujeta a la voluntad paternalista del gobierno, que le celebra sus Purísimas en Diciembre en honor a la Virgen María y le entrega 50 dólares de premio a cada joven que se bachillera, aunque luego no pueda entrar a la universidad ni encuentre trabajo. ¿No es maravilloso? ¿Que los emancipadores de la clase obrera, su vanguardia, la vendan con todo y su plusvalía, en un carretón como mercancía en liquidación?

El éxito para sostener estas reversiones depende en gran parte del trabajo de los fieles cerdos como Squealer, que aun teniendo a mano la represión, las matanzas y las purgas, tiene que lograr el consenso y pacifismo de los sometidos. Lo señalaba el pensador Aldous Huxley: (..) si quieres preservar tu poder indefinidamente, tendrás que obtener el consentimiento de los dominados (…). Lo harán evitando el lado racional del hombre y apelando a su subconsciente y sus emociones más profundas y su fisiología incluso.Y entonces, haciéndole de hecho amar su esclavitud, creo que este es el peligro, que la gente de hecho, puede ser feliz en algunas maneras, bajo el nuevo régimen. Pero serán felices en situaciones en donde no debieran serlo”

En la fábula de Orwell, de manera clarividente, se relata cómo los animales de la granja (base motriz de la revolución dirigida por el partido de los cerdos), después de padecer de las duras etapas del trabajo sin descanso, de las guerras de defensa ante las agresiones y el aislamiento externo, de la escasez y el hambre, se espantan al ser testigos de cómo sus cerdos dirigentes terminan comiendo, negociando con sus “enemigos de clase”, los humanos. En ese sentido, las últimas líneas de Orwelll en Rebelión en la Granja, son una joya descriptiva de esa transfiguración de los antiguos revolucionarios, en los nuevos opresores: “No existía duda de lo que sucediera a las caras de los cerdos. Los animales de afuera miraron del cerdo al hombre, y del hombre al cerdo, y nuevamente del cerdo al hombre; pero ya era imposible discernir quién era quién”.

A un alto costo histórico y humano, terminamos en el punto de partida.