mujer-misteriosa-pintura-al-oleoLlegó Sebastián con dos amigas, a donde estábamos los cuatro filósofos de siempre elucubrando sobre el mundo. Nora, su novia y Alina, prima de Nora. Nos presentaron y de inmediato noté la forma fija con la que Alina, me miraba. Se incorporó rápido a la discusión, con facilidad, sobre si nuestro país podría algún día, descubrir de nuevo las ventajas de la laboriosidad, del trabajo creativo y confortante. Alina, mientras argumentaba o escuchaba a los demás, seguía sin despegar su mirada sobre mí, sus pupilas abiertas y redondas, como las de los gatos por la noche, mientras expresaba sus esperanzas en la juventud, de la que ella- no lo decía, lo pensaba yo-aún formaba parte.

Sus ojos horadando los míos eran un reto a que los míos le horadasen los suyos. La sensación era grata y extraña a la vez, como midiéndose milimétricamente de pies a cabeza, dos gladiadores en circo romano, sabiendo era un asunto de vida o muerte. Se acercó entonces y se sentó a mi lado, poniendo, en silencio, la cereza roja de su vaso en mi boca, los demás, sorprendidos, hacían como que nada, simulaban a simular que esa agresividad, no importaba, como que era asunto de todos los días, en cualquier parte.

Tomé la cereza roja en mi boca, la tomé a ella con mi mano derecha, desde su cuello, la acerqué a mí y le devolví la cereza húmeda y fría, de boca a boca. Ávida, la tomó.

Luego de unos instantes, retiré al fin mi lengua de lo profundo de su boca y la de ella, aun hizo el intento de seguir entrelazando, la mía. Abrí los ojos y vi los ojos de todos, más abiertos todavía, lidiando sordamente con un repentino y pesado silencio. Y vi los ojos de Alina, abiertos en medio de una amplia sonrisa en sus labios rojos, húmedos por donde había pasado hacia dentro, la cereza. Fue un beso profundo, ansioso, con algo de desesperación e impaciencia, consciente, no del tiempo en sí, sino del no vivido, de la entelequia de lo otro posible.

Sin hablar, hicimos a los demás un gesto de despedida, los que contestaron como autómatas, sorprendidos de nuestra repentina y rápida despedida, viendo como nos alejábamos alegres y abrazados fuertemente, mi mano izquierda apretando su trasero bamboleante.

Desde entonces, no los he vuelto a ver. Y Alina, tan flaca y desnutrida como yo, con sus clavículas aguzadas, como charreteras de general y sorprendiéndome de ver cómo sus pezones erectos rompen tan drásticamente la redondez casi perfecta de sus senos en relieve, me jala de nuevo hacia la cama, riéndose de mis débiles esfuerzos de huir, no dándome tiempo de llegar a la ventana y adivinar si es de día o de noche, o qué hora es o dónde estamos.