Saltitos cortos y torpes, como los de esos mayordomos serviles de las viejas películas, con su traje negro opaco tono sucio; los ojos abiertos, agitados a su vez por la invasión de aquellos olores que lo atrapaban desde lejos y que estando ya cerca, le provocaban esos espasmos de placer, esos saltitos de excitación, ansioso y cuidadoso,-no se fuera a mover ese pobre viejo atropellado estirado perro muerto inerme a un lado del pavimento- el zopilote.

Cuando pasé a su lado con mi rostro pegado al vidrio del bus, se acomodó, miré que me miró y olfateó. Pude verlo cómo, intrigado, oteaba hacia la carretera, como indagando en los olores mezclados que el flujo de aire dejaba de rastro, antes de verlo agacharse y empezar su festín y verlo convertirse en un simple punto negro al final de esa blanca larga raya.