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Quizás no halla-no sé-un estudio conocido sobre la monumentalidad en Nicaragua, pero es comprobable que tenemos una propensión acentuada a íconos religiosos-místicos y políticos: casi todas las rotondas de Managua, en tiempos presidenciales del arnoldismo, se llenaron de vírgenes y cristos. Hay un homenaje a un boxeador muerto en extrañas circunstancias en la capital y todas las ciudades del país tienen o a un santo, virgen, político o héroe en caballo o burro como ícono representativo de su comunidad. Son los reemplazos de nuestros antiguos tótems tribales, mezclados con la pasión católica de reproducir a seres de los altos cielos con la ayuda del yeso, la madera, el hierro, el concreto, etc.

El FSLN, en un nuevo sincretismo judeo-cristiano esotérico, new age o quien sabe cómo llamarle a su amalgama utilitaria que sustituyó su supuesta afición al marxismo,  ha estado usando los monumentos como escaparates de publicidad política, añadiéndole árboles de Navidad, pesebres, y seguramente, a partir de diciembre 2014  que se anuncia el inicio de las obras del “Gran Canal”, dragones chinos.

En la entrada a Masaya, lo recibe a uno la figura escuálida de San Jerónimo, golpeándose el pecho (¿por qué precisamente allí?) con una dura piedra, el famoso autor de la Vulgata, oriundo de lo que hoy es el territorio de Serbia y Montenegro. San Jerónimo es famoso por su dureza y ascetismo contra los impulsos de la carne. Refiere él mismo en una carta a San Eustoquio: “En el rincón remoto de un árido y salvaje desierto, quemado por el calor de un sol tan despiadado que asusta hasta a los monjes que allá viven, a mi me parecía encontrarme en medio de los deleites y las muchedumbres de Roma … En aquel exilio y prisión a los que, por temor al infierno, yo me condené voluntariamente, sin más compañía que la de los escorpiones y las bestias salvajes, muchas veces me imaginé que contemplaba las danzas de las bailarinas romanas, como si hubiese estado frente a ellas. Tenía el rostro escuálido por el ayuno y, sin embargo, mi voluntad sentía los ataques del deseo; en mi cuerpo frío y en mi carne enjuta, que parecía muerta antes de morir, la pasión tenía aún vida. A solas con aquel enemigo, me arrojé en espíritu a los pies de Jesús, los bañé con mis lágrimas y, al fin, pude domar mi carne con los ayunos durante semanas enteras. No me avergüenzo al revelar mis tentaciones, pero sí lamento que ya no sea yo ahora lo que entonces fui”.

Su tormento entre la vitalidad y el espiritualismo lo hizo primero retirarse a un severo aislamiento, pero luego se convenció que lo suyo no era eso. En cierto momento se retiró a la propia ciudad de Belén en la Palestina y allí vivió sus últimos días, rodeado de antiguas matronas y ricas romanas que le siguieron por sus prédicas y a las que organizó en órdenes religiosas y conventos. Fue su solución sabia al equilibrio entre su vitalidad y su espíritu.

Contradictoriamente a este ascetismo, como suele suceder en estas lides, las fiestas en honor a  San Jerónimo en Masaya son más bien celebraciones dionisíacas de casi tres meses donde se liberan diversos apetitos humanos, esos mismos que atormentaban a este patrón católico.

Los festejos en Masaya incluyen expresiones tales como el Baile de Negras, los Agüizotes, el ToroVenado, donde curiosamente, las aparentes y sensuales damas o mujeres danzantes son en realidad, hombres dando expresión plena a su femineidad, muchas veces socialmente reprimida, ahora, expresada a través de la policromía de las máscaras de Masaya. El ambiente se adereza con pólvora en profusión, música estridente y alcohol, en una mezcla de varios TNT.

Fiesta dionisíaca que no es alcanzada por crítica social alguna en esta liberación de la energía sexual y erótica popular en Masaya, donde las Iglesias, ante este despliegue disfrazado de fervor religioso, relajan sus normas y se vuelven permisivas al menos una vez al año. Recordar que hasta los perros vestidos de mil maneras, pueden llegar al mismo pie del altar eucarístico, en honor a San Lázaro en la iglesia María Magdalena, del barrio Monimbó, de Masaya o en la iglesia de San Juan Bautista en la comunidad indígena de Sutiaba, León.

Estas  celebraciones hacen su función de “dilución” de las tensiones sociales acumuladas ya al fin del año. Los Agüizotes presentan, al son de las bandas musicales, los “chicheros”, un desfile de las penas, terrores y espantos del pueblo: la carreta nagua, las  Mocuanas, Cadejos, Duendes, la Muerte, la Sisimique, la Cegua e incluso, a manera de carnaval en el Toro Venado, imitaciones burlescas de algunos personajes del día, sean políticos o notables locales o de cualquier parte del mundo.

Una de las expresiones más interesantes es precisamente, la de los Sisimiques (seres que se llevaban a otros mundos a las muchachas coquetas o que reían mucho) y la de La Cegua. La Cegua es de hecho, una  temprana versión feminista de los tiempos en los que la mujer ni soñaba tratar de emanciparse del patriarcado ramplón ni levantar sus banderas de género: “Todos los días al anochecer ella se desnuda y recita la oración de la noche. “Abajo carne, abajo carne”, repite y frente a un huacal vomita su alma, las carnes se despegan de sus huesos y las deja nadando en mostaza hasta que regresa y realiza nuevamente el ritual para revertir los efectos.

Masya LCegua

Con un silbido agudo La Cegua sale a cazar por las calles a los hombres infieles, borrachos y fiesteros, los seduce con su esbelta figura y hermoso cabello”. Ella es una especie de mujer justiciera que castiga a los hombres trasnochadores, desobligados e irresponsables. Los seduce con sus encantos y cuando éstos se acercan a ella en los tonos oscuros de la noche, descubren al monstruo de carnes hilachadas y nauseabundas, con cabeza de caballo-su propia proyección, quizás-y pelo de cabuya. Una caricia sensual de La Cegua, dejaba vaciados del cerebro, tontos, alelados, lejanos, a sus víctimas así castigadas. Son los “jugados de Cegua”.

Las fiestas de San Jerónimo de Masaya son así, un condensado de todos los pendientes sociales: en el terreno de la vitalidad, de las desigualdades y exclusiones, de las represiones de todo tipo; una explosión de energía popular que las vuelve en realidad una celebración dionisíaca, muy hedonista y hasta existencialista. Filosofía popular nicaragüense en vivo.

Pero como se ve, estas tradiciones y festejos populares no pueden alejarse de lo cotidiano y la realidad.

De hecho, tanto la religión organizada, como los políticos, hacen sus ceremonias nocturnas, vomitan su alma en un huacal y salen a seducir a sus seguidores, quienes sólo en el último minuto, se percatarán de lo nauseabundo y grotesco de esa visión que les había atraído y seducido. La Cegua partidista, los Agüizotes políticos, siguen haciendo de las suyas, en Masaya… y más allá.

 

 

 

 

 

 

 

 

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