Me hiciste ver que la hojarasca movida por los vientos del tiempo es eso, materia arrastrada por las circunstancias, que viendo hacia atrás, pareciera dejar un rastro de destino prefijado, aun cuando el coronel no tiene quien le escriba, ni aun en esa mala hora de los funerales de la Mama Grande, omnipresente, todopoderosa, sembrando en las conciencias esos cien años de soledad, cuando se quedaba Isabel viendo llover en Macondo, recordando el relato de un náufrago y aquella sucia, la increíble y triste historia de la Cándida Eréndira y de su abuela desalmada.

Que te enrostren: ” Eres el únGABOico hombre que, al despertar, no recuerda nada de lo que ha soñado” por tus ojos de perro azul o que no sepas nada, hasta que un caballo te patea en la frente, y oyes que el negro que hizo esperar a los ángeles te dice que la peina que buscas hace 15 años que ha desaparecido y sientes esa nostalgia que te hace desear cuando eras feliz e indocumentado.

Sabes que has llegado al fin, o al preludio del fin, a un otoño del patriarca, la inevitable crónica de una muerte anunciada donde te angustias, en  aquel  verano feliz de la señora Forbes, buscando el sexto cuchillo que falta para explicarte por qué vuelas de una habitación a otra. Sabiendo que no importa lo que suceda, el amor en tiempos del cólera te dará al fin la oportunidad de vivir lo que anhelas, no importa que sientas lo que un general en su laberinto, como noticia de un secuestro, por la bendita manía de contar o de vivir para contarla más bien, atormentado por lo que llamas esas  memoria de mis putas tristes.

Pero igual, no vengo a decir un discurso, sino como hiciste todo este tiempo, solamente lanzo una botella al mar para el Dios de las palabras.