En las escaleras de la Catedral de la ciudad de León, Nicaragua.

Dijo:

Los grandes poderes se concentran en unos pocos individuos. Las religiones tienen santos, papas, dalai lamas, gurús. Los poderes económicos tienen a los Carlos Slim, Bill Gates, Mark Zuckerberg. Los anti sistemas tienen a sus chés y sus fideles. Siempre estamos necesitando guías, redentores, conferencistas, expertos que nos expliquen y nos lleven de la mano. Queremos descubrir de todo y nos olvidamos del enorme mundo, el infinito universo que llevamos dentro. Somos neófitos de nosotros mismos: en realidad, ¿quiénes somos, qué queremos, cómo pensamos, cuáles son nuestros principios?…desconocemos esas respuestas. Por eso acudimos a ver si el otro nos da una respuesta. Y lo cierto es que tampoco las tiene: ¿Puede un ciego guiar a otro ciego? ¿Un sordo ayudar a escuchar a otro sordo? ¿Un mudo enseñar a decir discursos a otro mudo?

Y lo triste es que nos conformamos con sus explicaciones, nos maravillamos que tengan respuesta para todo y hasta nos hacemos firmes militantes de esas explicaciones, sin darnos cuenta que al acudir a ellos, nos sometemos a sus deseos, a sus intereses, y ponemos a los nuestros como su vagón de cola. Renunciamos al derecho de vivir nuestras propias vidas y vivimos las de ellos. Ellos viven sus vidas a costa de las nuestras, nos hacemos sus esclavos. Sucede en la religión, en la economía, en la política, en todos los órdenes del saber y el hacer humanos.

Y así, podemos ver como un supuesto astro deportivo, del fútbol, declara a todos los vientos, que está dispuesto a salir de su país, para ir a matar gente rebelde, gente que reclama, al país de la cadena televisiva que lo contrató para narrar partidos de fútbol en el próximo mundial. O vemos a gente poniendo alambres de púas atravesados para neutralizar a otros vándalos que se movilizan disparando, espiando, golpeando a otros.

“-Y quién sabe hasta cuándo aprenderemos a vivir como los astros, libres en medio de lo que es sin fin y sin que nadie nos alimente “.

Como decías por allí,  “Las teorías son mecanismos para el análisis y la acción y a veces son imprescindibles, otras, desechables”. ¡Sí! Las teorías son las muletas que necesitamos para andar con cierta seguridad, en cierto trecho, pero debemos tener la entereza de desecharlas a tiempo, cuando caducan, cuando ya  no dan respuesta, cuando ya no dan más análisis ni guía para la acción. No podemos sostener esas muletas, a toda costa, cuando hemos pasado de un terreno sólido y plano, a uno pantanoso o arenoso, o tenemos que nadar y más bien nos estorbarían. Pero hay quienes se aferran a esas muletas, a las teorías religiosas, políticas, económicas, a los caducos liderazgos,  al margen que se hundan o queden clavados, sin fuerzas, allí, en la arena.

“Esta teoría es científica”, dicen, dándole sentido de eternidad a la ciencia, cuando la ciencia en realidad es el estudio del cambio, de lo que deviene, de lo que viene y se va, de lo que caduca incesantemente.

Nos volvemos reaccionarios, al devenir; queremos permanecer. Por eso, cuando se muere nuestro líder, corremos a declararlo santo, le hacemos un monumento de piedra, hierro o yeso, lo llenamos de aceites y formalina, lo embalsamamos, llevamos sus fotografías en las billeteras, en las camisas. ¡Ellos son los que han vivido nuestras vidas! Pero honramos a los que nos demostraron que éramos incapaces de vivir nosotros, nuestras propias vidas.

Decimos: ¿Qué será de nosotros cuando nuestro líder muera? ¿A quién acudiremos? ¿Quién nos resolverá?

Es la parte más baja, más primitiva, más débil de nuestra humanidad la que habla de esa manera. Esa personalidad recóndita que llevamos adentro, cúmulo mezcla de miedo, desesperación, agresividad que nos dice: “!Obedece al poderoso, al que todo te explica, al que tiene todas las respuestas!” Y surgimos de allí, dóciles, sectarios, violentos, enojados con los que no hacen lo mismo que nosotros: Nuestro espíritu se ha despojado de su plumaje, ha renunciado a su vuelo y surgimos de allí, reptando, a los pies del próximo que nos subyuga.

El campanario de Catedral ya estaba dando las seis de la tarde y al fondo del horizonte, los rosados, anaranjados, oros ,en los últimos destellos de luz, no se ponían de acuerdo qué tonalidades darnos, de despedida.