Todo poder necesita, en primer lugar, de la fuerza, más que de la razón, para llegar a ser y permanecer. Es el Estado. Pero el Estado no puede sostenerse sólo con la fuerza, pues las clases que lo controlan, deben atrapar directa o indirectamente, una renta, para sobrevivir, reproducirse y acumular su capital.

En el capitalismo, las clases poderosas, las que acumulan capital, miran y usan al Estado  como el aparato de poder que les genera condiciones para esa incesante marea que conduce al enriquecimiento también incesante.

La economía es el campo de batalla de los capitalistas y el Estado es su arma política.

Pero de pronto surgen, especialmente en el medio latinoamericano, donde la burguesía nunca se pudo cortar su ombligo a la tierra y a la renta y por lo tanto, no parió a sus futuros sepultureros de la debida forma, sino que los lanzó  a una especie de limbo, a mitad de camino entre la propiedad privada y la pobreza, entre el capital y el trabajo, unos sectores que una parte de su vida hasta se explotan y oprimen a sí mismos.  Son las “clases medias” que casuísticamente, a veces pueden parir hacia arriba, a unos cuantos que se enriquecen o hacia abajo, los más, que se empobrecen y se empobrecen.

Esos sectores de las clases medias con origen obrero , trabajador, indígena, campesino, cuenta propia, desempleados, estudiantes, lumpen,  han manifestado sus aspiraciones políticas para redimir a las masas empobrecidas, blandiendo las banderas rojas que el proletariado del siglo XXI, hijo del proletariado del siglo XX, pareció tirar a un lado.

Sectores de las clases medias, que a déficit de una relación social económica objetiva que les explique su razón de ser y les unifique en algo común, hacen de su propio ser la razón, sintiéndose llamados por el dios llamado “historia” a ser los lideres sempiternos, inmortales, redentores de todos los demás. Uno es hijo de algún antiguo liberador, el otro, de algún antiguo patriota, el otro, de la Pachamama, todos tienen origen divino, son hijos de la historia. O están casados al menos con sus sacerdotisas.

Y lanzan, a nombre de los explotados y oprimidos, encendidos discursos  llamando  a luchar por el socialismo, del siglo XXI, pero llamando al proletariado no por su nombre, sino por su mal apodo, “los pobres”. No es la clase obrera la que redime a todas las clases sociales, sino esa pequeña burguesía intermediaria entre el Capital y el Trabajo, la que viene a redimir al “inútil”, históricamente, proletariado; ahora llamado a secas, “pobre”.

Esta pequeña burguesía que busca trabajo y sentido histórico como redentora, proviene de distintos caminos y situaciones: Uno puede ser economista graduado en Harvard, el otro puede ser un viejo luchador de los cultivadores tradicionales de coca, el otro, podría ser un coronel paracaidista venido de abandonadas chacras del fondo rural, el otro podría haber estudiado sólo un par de años en la universidad, alguno hasta podría ser abogado graduado. Ninguno, obrero.

Ninguno, totalmente desposeído o liberado de la propiedad privada, pero ninguno suficientemente rico como para no tener que trabajar, sudando, como para poder vivir de sus rentas.

En Latinoamérica, ellos le echan en cara a la burguesía, el no haber podido construir nunca, una legítima y boyante sociedad capitalista. Y al proletariado, su incapacidad de llevar a cabo una genuina revolución proletaria. Por eso, en este siglo XXI, se han lanzado contra uno, enojados por su poca conciencia y sensibilidad social y contra el otro, por su insuficiente capacidad de lucha.

Marx y chavezEs la era de los redentores,  híbridos sociales que miran hacia abajo a los desposeídos, con “amor” y “solidaridad”, con el más genuino sentimiento cristiano y miran hacia arriba, con envidia y avaricia, a los poseedores, a los realmente poderosos, deseosos de ser uno de ellos, pero frustrados por no haber sido.

Así, han elaborado un programa donde ellos se adueñan de aquel Estado y su aparataje que hablábamos al inicio, de la esencia de la fuerza social, dándose a la tarea de construir el capitalismo en lo económico y el socialismo en lo discursivo, a la manera de esas pachas o mamilas de agua con azúcar para calmar al bebé llorón.

Rápidamente esa pequeña burguesía redentora, descubre que el aparataje del Estado no sólo da el monopolio de la fuerza (con la policía, el ejército y su armamento, el parlamento que genera las leyes, el poder que castiga a los que no las cumplen), sino que viene a ser la empresa más grande del país, el capital más importante, la aorta estratégica por donde circula el flujo incesante de las riquezas, la sangre que da vida al sistema. Que desde allí puede apretar a discreción, a los capitalistas que le adversen, o a los “pobres” que no le comprendan. O viceversa.empresarios con Chávez

Tiene el monopolio de dictar impuestos y tributos; tiene el monopolio de decidir el precio a pagar por la mano de obra. Y en última instancia, tiene fusiles, pistolas, pólvora, gas lacrimógeno, cachiporras o “amansa locos”. Y gente armada  y uniformada que obedece sus órdenes. Y compinches que pueden andar en motocicletas repartiendo cadenazos o perdigones, a demanda. Esa es la ventaja competitiva de contar con la fuerza, no importa si con la razón.

A estos segmentos medios devenidos en el poder del Estado, les pasa como a Cristóbal Colón…iban buscando algo hipotético y se topan en el camino con una realidad descomunal. que era inimaginable al partir: el Estado puede darles la oportunidad preciosa de convertirse en propietario, en mimetizarse en sus antiguos enemigos, en vivir en sus mismas casas, casarse con sus hijas, procrear nuevos híbridos sociales, pero con más proporción de las clases propietarias, eso sí, sin abandonar nunca la lucha revolucionaria por los más pobres, por los desvalidos, los desamparados a los que hay que llevar de vez en cuando, una gallina, un chanchito, una teja de zinc, para elevarles su auto estima y su disposición a votar.

Así, para la pequeña burguesía la política es su campo de batalla y el Estado es su arma económica. Es su fuente de renta, a déficit de capital propio.

Por lo tanto, su política esencial es no perder bajo ningún concepto, su control del aparato del Estado. No someter su poder a  ningún tipo de rifa…aunque la simulen. Y no permitir ningún grado de rebeldía o protesta a los sectores que vayan descubriendo la verdad de su esencia, de su razón de ser, de su programa  como segmento social e incluso, como núcleo familiar  parasitario.

Este segmento realmente parasitario, estrictamente rentista, llama a ese estatus, de muy mala fe,  “socialismo”. A la  defensa que debe hacer de su relación parasitaria, le llama “defensa del socialismo”. A la manera que ningún burgués que se aprecie de tal, deja que alguien venga y le arrebate sus empresas, de igual manera, este segmento de clase rentista, parasitario, chillará hasta más no poder cuando sienta el peligro de ser despojado, separado de su fuente de alimentación. Como las garrapatas, preferirá ser destrozado antes que soltar lo que le da el sustento. E igualmente, golpeará y matará, sin discusión e indistintamente, según donde vea el riesgo, hacia arriba, o hacia abajo…o simultáneamente.

Cuánto tardará en ese estatus un modelo tal, nadie sabe. Lo que es cierto es que este tipo de hibridación entre capitalismo y “socialismo”, entre retórica y práctica, puede llevar rápidamente a un nivel de cansancio y hastío tal, que ese agotamiento puede hacer desbordar de manera violenta, las frustraciones y desesperaciones de uno y otro lado. La crisis del rentismo estatal del siglo XXI, que no del socialismo, la estamos viendo en Venezuela y dependiendo de su desenlace,  la podremos ver en países como Cuba o Nicaragua.