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Silvio Tomassi, representante del Vaticano en la ONU

El observador permanente del Vaticano en la ONU, Silvio Tomasi, ha reaccionado muy airado ante la declaración de ese organismo internacional, que ha caracterizado al  Estado Vaticano (no necesariamente a la Iglesia Católica ni al catolicismo) como violador de la Convención  de los Derechos de la Niñez, al ofrecer de hecho, protección a una serie de sacerdotes católicos agresores sexuales[1] y no entregarlos a la justicia terrena.

Que la ONU haya llegado a un extremo tal, sólo nos da una idea de la severidad y profundidad del problema. Queda señalada la responsabilidad institucional del Vaticano, con los agresores sexuales de sus órdenes religiosas, que se ensañan con la parte más débil y vulnerable de la humanidad y de sus propias files de creyentes, la niñez, y que parece no haberse detenido, a pesar del incremento progresivo de las denuncias.

Ha dicho el enojadoTomasi: “La ONU ha superado sus propios límites. Una cosa es proteger a los niños, otra cosa es indicar las medidas a tomar”. Se refiere al pedido de la ONU, que se abran los archivos del Vaticano sobre sus delincuentes sexuales y los obispos que ocultaron esos crímenes.

En una entrevista a Radio Vaticano, Tomasi añadió que son algunas organizaciones “con intereses en el campo de la homosexualidad, el matrimonio gay y otros asuntos”, las culpables de esta clarísima condena de la ONU.

Pero resulta, que este llamado de la ONU al Vaticano va dirigido, precisamente,  a que muestre responsabilidad ante los actos lesivos y penados por ley, de esos hombres mayores de edad que en medio de su “quemazón”[1] (como le llamada el Apóstol Pablo a esa fricción forzada y desgastante del impulso sexual de los sacerdotes, esa falsa castidad o celibato), han tomado, no el camino de la homosexualidad o el matrimonio gay “y otros asuntos” libremente consentido y ansiado entre dos adultos,  sino la homosexualidad agresiva, violenta, impuesta, a seres humanos desprotegidos por su edad e inocencia. Una homosexualidad delicuencial.

Esta realidad, que Tomasi no desconoce, agresivamente la aclara, según su interpretación alcahueta, afirmando, como si lo anteriormente dicho no fuera suficiente que (en la Iglesia Católica) no se debería hablar de pedofilia sino de homosexuales atraídos por adolescentes” (¡!!!).  Son palabras también agresivas, justificantes, de alcahueta.

Tanto la denuncia de la ONU contra el Vaticano (como uno de sus Estados miembros-observador) como la furibunda reacción de su embajador ante la ONU, Silvio Tomasi, son un duro reto para la credibilidad del jerarca de El Vaticano, Papa Francisco I, que deberá optar por someterse a la Convención de los Derechos de la Niñez y destapar la olla “pedófila” que la jerarquía y los obispos han estado ocultando o bien, institucionalizar, ya oficialmente al Vaticano como el manto protector de criminales sexuales e impunes, desoyendo aquella fuerte advertencia de su fundador: Pero al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos, y le hundan en lo profundo del mar”.[2]

Ver también, en Día-Logos: La suegra de Pedro…¿Cómo? ¿Pedro era casado?


[1] “(…) Pero si no tienen don de continencia, cásense, pues mejor es casarse que estarse quemando”.  (1° Corintios 7:8-9. (Primera Epístola del Apóstol San Pablo a los CORINTIOS).

[2] Evangelio según San Mateo. Capítulo 18. Vers. 6-


[1] Ya es costumbre  referirse a esos comportamientos, como “pedofilia” o “pederastia”, pero ello es un error. El diccionario de la RAE ni siquiera registra  el término de pedofilia, refiriendo en cambio al de “paidofilia”: 1. f. Atracción erótica o sexual que una persona adulta siente hacia niños o adolescentes. A la pederastia la refiere como: 1. f. Abuso sexual cometido con niños o “sodomía”. Pero se trata de agresiones sexuales de una persona adulta, ilustrada y consciente, contra menores de edad, no una simple atracción erótica ni circunscrito a un acto de sodomía. Va más allá de lo físico-sexual. Abarca la violación de la conciencia y del libre albedrío-aun no desarrollado plenamente- de los pequeños. Son agresores sexuales, no pedófilos ni pederastas.