Decidimos, ya terminando las vacaciones, y por sugerencia de Avis Cana, pasar por el Museo San Carlos del DF de México, en Puente de Alvarado, un viejo y hermoso edificio, especializado en arte europeo, con obras originales desde el siglo XIV. Genial.  Tiene, de inicio, dos  cosas curiosas: ofrecen perros guías para visitantes invidentes y anuncian orgullosamente que ya cuentan con estacionamientos para bicicletas.

Adàn y Eva. Lucas Cranach El Viejo  (1530)
Adàn y Eva. Lucas Cranach El Viejo (1530)

En el recorrido, me llamó la atención y comenté  el cuadro “Adán y Eva”, de Lucas Cranach el Viejo (1530), donde de manera atípica, se muestra, bajo el clásico árbol,  un Adán muy dubitativo y una Eva algo apenada ofreciéndole, dije, “ la manzana de la sabiduría, pero ambos, asertivos en la acción”. Se acercó Avis Cana y nos dijo:

¿Te crees  el cuento desabrido acerca que Eva tomó el fruto del árbol de la sabiduría, “una manzana” para abrir sus chacras y conciencia y luego ofrecerle a Adán para que experimentase  lo mismo?

La única parte cierta de este relato es que tuvo que haber un producto de la naturaleza, aparentemente prohibido, que debería ser comido, ingerido, para sentir el efecto de pasar a otro plano de conciencia, es decir, una experiencia eminentemente enteógena, que en sus raíces significa precisamente, ”tener un dios por dentro”.  Una de tales experiencias es un evento sicotrópico y a la vez, físico. Se relaciona con la salud física y mental y especialmente con la parte creativa, imaginativa.

Entonces, no era ningún árbol o fruto, sino que era un hongo, eran hongos los que los primeros humanos ocuparon y experimentaron para ampliar su conciencia;  ellos decían “la sabiduría”, pero  no era nada más que el efecto de  acelerar las sinapsis neuronales en el cerebro: Ese es el efecto de  los “niños santos” como llamaba a los hongos enteógenos ancestrales, la mazateca  Maria Sabina Magdalena Garcia, la chaman de Oaxaca.

Así que “Eva” lo que hizo fue darle a “Adán”, según este recuerdo o tradición mítica, la experiencia enteógena, que te permite romper el mecanismo defensivo de tu cerebro y mente, pero limitado, de percibir la realidad fragmentada en cinco pedazos y que puedas  integrar esas percepciones en su fuente original, antes de esa diferenciación. Esto, que te da una nueva percepción del tiempo y del espacio y de tu propio yo, es una especie de experiencia mística que nos puede asombrar en mayúscula, tanto como a los asustados y primitivos Eva y Adán del relato.

Peyote
Peyote (Lophophora williamsii), un cactus ritual para indígenas de México y EEUU:

De hecho, así como en las comunidades que guardan sus tradiciones, como las mazatecas de Maria Sabina, o a la manera de la Iglesia Nativa Americana (Native American Church) con su consumo sacramental del peyote,  hay en muchas agrupaciones místico-religosas, unos rituales de preparación y acondicionamiento antes de ingerir el vehículo que te transportará a nuevos descubrimientos o “sabiduría”. Podemos ver reminiscencias de esto en las comunidades religiosas que ingieren un pan y beben vino buscando con ello, descubrir al dios interno, darle “posada” en nuestros cuerpos. En ocasiones, la experiencia mística de este consumo, en  individuos abiertos a estas posibilidades, no se diferencia en nada de las experiencias enteógenas.

De las experiencias con rituales y costumbres ancestrales, como por ejemplo el consumo del peyote o de la Ayahuasca, quedan percepciones de la multidimensionalidad de la realidad, como las descritas por el poeta William Blake (1757-1827) en Augurios de inocencia:

(…)
Ver un mundo en un grano de arena
y un cielo en una flor silvestre
sostener el infinito en la palma de tu mano
y la eternidad en una hora”

 

Algo de esto se está “descubriendo” tímidamente hoy en día, al concluir que algunos de estos productos naturales- que no implican ningún proceso de transformación compleja o la extracción química de sus principios activos- son parte de la cultura, de la memoria existencial, atávica, de los pueblos. Este es el caso del triunfo de Bolivia de lograr el reconocimiento mundial del acullicu o mascado de la coca, de la aprobación del consumo de mariguana en Uruguay y en más de 20 estados de Estados Unidos, donde se ha determinado científicamente su efecto positivo en la terapia del dolor en algunas afecciones serias de la salud.

Hay dolor físico y dolor espiritual, dolor, en cada segundo de nuestra existencia. Una nueva conciencia de las causas y efectos de este dolor, nos ayuda a dimensionarlo, comprenderlo y procesarlo. Y la experiencia enteógena es un gran alivio, pues subimos un codo más de nuestra estatura perceptiva, limitada por la diferenciación  protectiva que hace nuestro cerebro, ante la realidad. Descubrir la multidimensionalidad de la realidad es algo tan difícil como que el ojo pueda ver su propio iris, prescindiendo del espejo. Por eso, una experiencia de este tipo puede ser abrumadora y perturbante.

Pero esta experiencia con la multidimensionalidad de la realidad, nos permitirá una mejor comprensión de cómo debemos movernos y cómo deberemos actuar ante ella. Nos permite una nueva conciencia,  como los nuevos evas y adanes de nuestro tiempo.

Al concluir Avis Cana sus fogosos señalamientos, ya estábamos saliendo del hermoso y antiguo edificio, en Puente de Alvarado y caminando rumbo hacia Metro Revolución.