Guardando cárcel, el ex dictador, viejo y enfermo, varios años después de haber sido derrocado,  vió por televisión, cómo los bulldozer, grúas y las cuadrillas de escandalosos trabajadores, demolían su antigua y esplendorosa mansión, símbolo rocambolesco de su poder, prepotencia y opulencia, sitio donde había residido con su familia, criado a sus hijos, dado órdenes, humillado a miles, sometido a todo un país, retado a cien imperios, acumulado toda su riqueza.

Recordó sus jardines con estatuas de piedra, fuentes de aguas y animales exóticos; la sala de juegos de sus hijos, su pequeño museo; ¡sí!, el altar de veneración tan atendido por su esposa, donde reinaban  condescendientes y ecuménicos, un Buda  con sobrepeso, una Virgen María de rasgos arios, un negroide  Sai Baba, el cadáver de un hombre en una cruz.

No estaban dejando piedra sobre piedra, mientras una poderosa y cambiante nube de polvo difuminaba la escena. En el canal de televisión, pasaron un comercial y contra su voluntad, pues deseaba seguir viendo, el enfermero de la prisión-hospital, le empujó su silla de ruedas que chirreando, lo llevó de vuelta a la sala de camas donde compartía con algunos de sus antiguos comandantes, ministros, diputados, secretarios, cómplices, esbirros, chulos y curas.

Se acercó a la ventana  de vidrio que daba vista a un verde y amplio jardín, donde las coloridas buganvilias de aquellas pequeñas lomas, hacían un bello contraste con el oro pálido-rosado del atardecer y con esos pocos árboles de sombras oscuras, como recostados al horizonte.

En su regazo, el enfermero que le empujaba su silla de ruedas, advirtió sobre la frazada gris, una  vieja Biblia, abierta en el Eclesiastés, con marcas en los versos 1-11.

Mientras el ex dictador pegaba su arrugada frente al vidrio de la ventana, el enfermero le oyó mascullar algo y vio cómo una lágrima le saltaba en borbollón, desde su mejilla, hasta el frío vidrio con vista a un verde y amplio jardín, donde las coloridas buganvilias de aquellas pequeñas lomas, hacían un bello contraste con el oro pálido-rosado del atardecer y con esos árboles de sombras oscuras, como recostados al horizonte.