Se deslizó serpenteante en el delgado cristal, mostrando su piel entre dorada, traslúcida y con destellos oscuros, dejando rastros de sus lágrimas descendentes  que raudas, se depositaban brillantes y puras, en el fondo.

Desde allí, ya formado el cuerpo, se inició la fiesta de aromas y fragancias que eran su carta de identidad, que describía su origen, su vida, el resultado de todas sus experiencias pasadas, la promesa de placer que destilaba directo hacia lo más recóndito de los recuerdos y lo más sensitivo del devenir.

Olor de campo, de melaza, a maderas de roble, que llegan en sucesivas y suaves  ondulaciones del aroma de almendras, café, chocolate, vainilla, frutas apasionadas, en un concierto armónico y preciso que te llama a acercar tu boca hacia el delgado cristal que contiene ese preciado tesoro, aun cerrado.

Llega el momento de experimentar su piel, su textura y descubrir si es seda, si es terciopelo, si es ámbar lo que conforma su cuerpo. La lengua acude gustosa al encuentro y se deja envolver por esa corriente de sensaciones e historias.

Luego del contacto, vivir la sensación, fijar  los recuerdos que ha despertado o los nuevos recuerdos que quedarán impresos como parte del momento, disfrutando y aquilatando  el placer de lo sentido.

Y quizás volver a repetirlo.

El elogio del buen ron.