Susan Clancy aboga por el liderazgo de las mujeres en compañías. Carlos Herrera/Confidencial

La publicación Confidencial de Carlos F. Chamorro,  del 27 de agosto 2013, presenta una entrevista de Cinthia Membreño, con Susan Clancy,  Directora de Investigación del Centro de Liderazgo para la Mujer del INCAE. (Puede verse en el vínculo anotado arriba).

Una de sus observaciones mas llamativas es la necesidad que “el liderazgo femenino no debe verse como un asunto de igualdad de género o derechos humanos, sino como un tema de competitividad”.

Obviamente, esta profesional del INCAE,  tiene una óptica sobre el tema de género, propia del entorno de élite donde actúa.  Esto no es una crítica ni algo acusatorio, sino un señalamiento objetivo, para poder ubicar la importancia de algunos de sus señalamientos, específicos, que podrían ser muy útiles  para esos segmentos sociales.

Es clara la necesidad de señalar lo anterior para entender por qué su llamado se enfoca a que la mujer preparada no abandone sus espacios de liderazgo, no pierda sus empleos o posicionamiento en las empresas, por dedicarse a sus hijos (en realidad, en gran parte, a cubrir el déficit de atención de su marido, a esos hijos).

Y es que una mujer de las clases populares difícilmente va a tener un empleo o una carrera en una empresa: mientras más bajemos las escalas sociales, mas importante se hace el trabajo por cuenta propia, el trabajo de sobrevivencia de las  mujeres y menos la búsqueda y hallazgo de empleo asalariado. En estos “empleos” de sobrevivencia, la mujer popular (que a veces hace de niñera o empleada doméstica de otra mujer con más recursos, como bien señala Clancy) acarrea literalmente sobre sus espaldas y a horcajadas,  a muchos de sus vástagos, para poder buscar el sustento.

Mientras las mujeres líderes de las clases altas reivindican el derecho de poder llevar sus hijos a la oficina o tomarse un tiempo para almorzar con ellos, las mujeres líderes de las clases populares unifican su casa con su trabajo, llevando literalmente su casa al trabajo, o llevando el trabajo a su casa y desayunando, almorzando y a veces hasta cenando, en su sitio de trabajo-casa. Sin embargo, igual que en las clases altas, el marido o compañero de lecho, tampoco se hace cargo de esas tareas o aporta algún tipo de colaboración.

Entonces, al mismo tiempo que el problema de género se manifiesta de formas diferente de acuerdo a los segmentos o clases sociales, hay un hilito conductor, un factor común en esas manifestaciones. Esta concordancia-discordancia se refleja claramente en la expresión de Clancy: “Se dice que detrás de cada hombre hay una gran mujer, pero detrás de esa mujer también hay una doméstica”.

Eso nos deja ver que la mujer popular tiene pendiente delante de sí, la emancipación social de género (enfrentando los límites de la discriminación y la inequidad basada en la diferencia por sexo y género), la emancipación del trabajo doméstico (manifestación privada concreta de lo anterior) y la emancipación social, que la rescate como clase social, para disfrutar para sí el fruto de su trabajo y su tiempo.

Las mujeres “incaistas” no se plantean esta última opción, pues socialmente ya están emancipadas. Ellas “no quieren trabajar menos, sólo quieren más flexibilidad”.

Algo importante y que genera por sí mismo un debate,  es la afirmación citada de la señora Clancy, que “muchos promueven el liderazgo de la mujer como un tema de derechos humanos o de equidad de género, pero necesitamos cambiar ese enfoque”, afirmando que en realidad la mujer debe prepararse y estar clara para competir, para mejorar su “competitividad”.

Esta es una llamada a combate, a luchar, a conquistar, a posicionarse por el esfuerzo propio, más que como producto de un acto de justicia donde la mujer recibe gratificaciones de igualdad y equidad. En la competencia no hay igualdad ni equidad. Lleva a una verdadera conquista del posicionamiento de la mujer. Esa conquista no puede resultar en un éxito sin esa decisión de lucha, de preparación, de avances. Es un llamado muy interesante.

Y afirma que en las edades de la niñez cercanas al quinto grado, es donde se forjan los elementos de liderazgo y que es allí donde se podría incidir, con un esfuerzo educativo y promocional, a generar un pensamiento de liderazgo de ese tipo, entre las mujeres. Pero también entre los hombres, reconociendo la realidad: por ejemplo, afirma que el 98% de los líderes del sector bancario (que deciden préstamos e inversiones que las mujeres emprendedoras podrían requerir), son hombres y difícilmente las cosas podrían mejorar sin la apertura de ese bloque, a los nuevos liderazgos de las mujeres.

Es un panorama distinto al de la guerra de los sexos, por ejemplo en el libro de Gioconda Belli, “El país de las mujeres”.

Necesitamos que ambos géneros trabajen juntos”, (…) el mejor indicador para generar modificaciones dentro de una organización es la presencia de líderes que estén activamente involucrados. ¿Y quiénes son esos líderes? El 98% son hombres (…) los cambios no se dan sin los hombres”,  afirma, un poco distante de algunos viejos planteamientos “feministas”.

Esta es una verdad pragmática que hace aun mas interesante la idea de incidir en la niñez cerca del quinto grado, para conformar nuevas mentalidades al respecto. Lo cierto también es que en nuestro país no contamos con proyectos pilotos con ese tipo de formación y educación más integradora, en las edades tempranas, hacia una solución de género, compartida. Es una necesidad que los hombres abramos nuestras mentalidad a ese elemento adicional de la competitividad de las mujeres, ademas de los avances como tema de igualdad, equidad, inclusión.

El llamado de Clancy a “más ambición” y lucha  por parte de las mujeres, a pesar de su enfoque hacia las élites, podría ser analizado y tomado en consideración a nivel de las luchas de las mujeres populares, a ver si aporta elementos que puedan romper el esquema de visualizar como una mera lucha de derechos humanos y “no discriminación”, las reinvindicaciones de las mujeres, como personas, sexo, género pero también como parte importante de las clases sociales oprimidas dentro del sistema, doblemente oprimidas y explotadas.

Esta última sí debería ser una legítima ambición de las mujeres trabajadoras.