Está mi cuerpo lacerado por  las aberturas que han hecho las alambradas en mi piel, pero que no llegué a sentir, pues el alto voltaje con el que estaban cargadas, me hicieron perder toda sensibilidad, aunque recuerdo aún el olor de mi propia carne quemada que mi nariz logró percibir por unos instantes relampagueantes.

Tampoco sentí los cuatros disparos que el guarda del campo de concentración de Sachsenhausen dirigió  tardíos  a mi cuerpo, por más que le gritaba: “dispárame, dispárame cobarde, perro nazi” al saltar desde la ventana de la barraca Nº 3 del Campo Especial A, antes de tomar en mis manos la alambrada electrificada. La orden militar les mandaba disparar si alguno de los prisioneros se acercaba a la alambrada en intento de fuga. Pero ¿qué diferencia podría haber entre cuatro balas del Sturmgewehr calibre 7.92 traspasando mi cerebro, y 10,000 voltios calcinando todo mi tejido celular? Así que tuve que lanzarme a la alambrada, harto de todo.

Recuerdo que mi padre, duro y feroz, me había dado un duro golpe en la cabeza, a mí, un chico de 12 años en ese entonces, al  responderle en una discusión, que no le perdonaría el haberse casado con mi tía, una vez muerta, misteriosamente, mi madre. No era la primera vez que me humillaba así. Lo hacía con mi madre y lo hacía con mi tía, su nueva esposa. Más tarde, hurgando en su escritorio, encontré una Tokarev T-33 y la tomé decidido, apuntándome a la cara y apoyado en el mismo escritorio. Pero no contaba, a esa tierna edad, que la fuerza del disparo me iba a arrastrar mis manos hacia atrás, hiriéndome de refilón, la frente. Sobreviví. Tres días después, llegó en su uniforme militar a verme; no me saludó, pero me quedaba viendo fijamente mientras le decía a Nadezhda Alliluyeva, mi tía madrastra , que me consentía:

–          ¿Lo ves? No pudo ni matarse él solo, no sirve para nada.

Pero para probarle que también, como él, tendría el valor de matar y no temía a la muerte, ingresé al Ejército rojo, muy joven. Mi decisión me hizo ascender pronto y así cumplí varias misiones, siempre alejado, y procurándome alejarme de él. Ya era teniente de artillería, y realmente me alegré cuando mi división fue asignada a Vitebsk en 1941, como parte de las agitadas carreras para detener la invasión nazi contra el país. Me despedí de él por teléfono y le escuché decirme fríamente: “Ve y combate. Recuerda que para el poder rojo, todo soldado soviético en manos del enemigo, no es un prisionero de guerra, es un desertor”.

Pero me espanté de la  realidad que pude apreciar en el enfurecido frente de guerra: miles de jóvenes, casi niños, sin preparación, sin equipo, sin vestimenta, sin alimentos, sin apoyo logístico, mandados a sentir en su fresco rostro, el candente hálito del infierno. Era una masacre.

Y los que caían prisioneros de los nazis y por alguna circunstancia lograban escapar y regresar, ciertamente eran juzgados como traidores, deportados a Siberia o simplemente asesinados luego de juicios sumarios. Mi padre decía que ningún prisionero de guerra podía tomar las armas de nuevo, porque regresaban más deseosos de vivir, que de matar y podrían terminar de quinta columna del enemigo.

Ekaterina Svanidze, asi se llamaba mi madre, dulce y suave como una brisa del Volga en primavera, canturreaba en su oficio de sastre cuando conoció a mi padre, quien llegó a encargarle la confección de uniformes de combate. A pesar que mi madre hacía lo mismo para el ejército zarista, colaboraba con los aguerridos bolcheviques que lo combatían. Terminaron casándose, mientras mi padre andaba a saltos de mata en su clandestinaje. Ella nunca le levantó la voz. Callaba, bajaba la cabeza, callaba. Llegué a compararla con esos mansos corderos que apenas berrean cuando sienten al carnicero encima. De alguna manera, sin embargo, esa dulzura y mansedumbre me admiraba. Mi padre decía que era como ella, no como él. Quizás por eso me aborrecía, ver en mí, varón, algo del alma de ella.

Era una carnicería lo que estaba sucediendo en Smolensko, literalmente estábamos siendo triturados por las tropas alemanas. Una vez fue Napoleón, desde Francia. Esta vez era Hitler, desde Alemania, venciendo a la ciudad el 16 de julio de 1941. Resistimos hasta lo imposible. Al  menos mi padre tuvo tiempo de usar esa resistencia en Smolensko, para preparar a Moscú en su resistencia a la llegada de las hordas nazis.

Agotados, sin municiones, vencidos en la ciudad, el ejército y sus divisiones totalmente desarticulados, un camarada y yo decidimos quitarnos nuestros uniformes, enterrar nuestras armas y huir hacia el interior. Pero fuimos detectados, apresados, golpeados y torturados por los soldados alemanes. Y luego llevados prisioneros a diferentes campos de concentración en el territorio alemán. Oculté por un buen tiempo, mi rango y mi nombre: mi padre nunca me perdonaría que se supiese que su propio hijo mayor estaba en manos de los nazis, en territorio alemán. Además, convertido en prisionero de guerra, era de hecho un desertor, un traidor a la causa del partido y de la patria soviética. Y no valdría para él la resistencia heroica que hicimos, con miles de muertos y heridos, si el resultado final habían sido la derrota y peor, caer prisioneros de guerra.

El mendrugo de pan, llevado una vez cada 15 días, se me cayó de mis manos temblorosas y oí que sonó en el piso como si se tratase de una pieza metálica, al escuchar al oficial alemán acercarse  a la mesa y llamarme por mi nombre. Era previsible…alguno de los camaradas presos había decidido chivatearme con los alemanes, descubriendo que ese prisionero ya famélico, desgarbado, era el hijo mayor del gran Stalin. Habían transcurridos dos años de sufrimiento en esas prisiones.

Cual gato, al saber Hitler la noticia, debe haberse relamido los bigotes. Así fue. Me trasladaron a una celda especial, luego a otros campos de concentración más al interior de Alemania, mejoraron mi alimentación, me interrogaron por horas y días enteros sobre todo lo concebible sobre mi padre, sobre el partido, sobre el ejército, sobre las armas, ayudados por el hecho que conservaban intactos los archivos capturados en Smolensko.

Llegaron en filas interminables, expertos adoctrinadores pretendiendo convencerme de pasarme a las filas nazis y despotricar contra la Union Soviética, contra el Ejército Rojo, contra el partido y Stalin, mi padre. Trataron de obligarme a hacer llamados de rendición al pueblo soviético. No lo lograron. Pero entonces decidieron vestirme con el uniforme alemán, cargarme supuestas condecoraciones del ejército alemán, ponerme en conversaciones simuladas con altos oficiales y tomar fotografías como prueba de mi rendición y complicidad con los nazis. No podía evitar todo esto. ¿Qué hacer entonces?

Mandaron dos misivas a mi padre. Una de ellas,  firmada por mí, donde le relataba que estaba prisionero a la orden de Hitler, que me trataban bien y que deseaba regresar vivo a mi patria y junto a mi esposa, Yulia Meltzer. Ignoraba que mi padre, furioso con la noticia de mi prisión con los nazis, había hecho prisionera a Yulia y la había recluido por esos dos años, en un gulag en Lubyanka.

En la otra misiva, el ejército alemán ofrecía a Stalin devolverle sano y salvo a su hijo, a cambio del Mariscal Erich von Paulus, jefe de las fuerzas alemanas en Stalingrado, quien se había rendido el 31 de enero de 1943, ante el general soviético Vasili Zhukov y era el principal prisionero de mi padre.

No era difícil imaginar cual iba a ser el destino de von Paulus en manos de Hitler y el mío, en manos del gran Stalin, mi amoroso padre. Ambos habíamos sido vencidos, no por el enemigo, sino por la guerra, éramos prisioneros de guerra.

No fue la respuesta que dio mi padre a los alemanes, la fuerza que me hizo saltar desde aquella ventana hacia las alambradas electrificadas: él respondió a Hitler que él no tenía ningún hijo con mi nombre, y que no tenía caso canjear a un Mariscal, por un teniente. Al fin y al cabo, nunca olvidé aquella su frase de “no sirve para nada” en mi fallido intento infantil de acabar con mi vida y podía entender su posición.

Fue algo diferente lo que me impulsó.

Fue el intenso deseo de experimentar esa ausencia total de sensibilidad con la que mi padre parecía vivir, que solo la muerte puede dar. Fue el impulso de borrar ese susurro del canto de sastre de mi madre cociendo uniformes para los que iban a ir a matarse mutuamente. Fueron los gritos desesperados de los 22,000 polacos ejecutados en la masacre del bosque de Katyn en abril de 1940, incluidos políticos, oficiales del ejército, artistas, intelectuales, acusados de enemigos del poder soviético, condenados en una rúbrica de lapicero azul, con la firma de mi padre, Stalin.

Mi cuerpo lacerado por  las aberturas que han hecho las alambradas en mi piel, mis órganos hechos carbón, fueron incinerados y llevados a un sitio desconocido. Mis cenizas han fertilizado por años, calzadas de abetos, arces y abedules en Alemania. He quedado exiliado para siempre de mi querida tierra rusa.

Pero estoy tranquilo, comprendiendo al fin, aquel susurro tranquilizador de mi madre en sus labores de costura. Mi alma ha traspasado las alambradas …y a mi padre. Mi nombre era Yákov Dzhugashvili

(Nací en Georgia el 18 de marzo de 1907. Salté por la ventana el 14 de abril de 1943 en Sachsenhausen,  Alemania).

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©Carlos A. Lucas Aráuz. Agosto 2013