nelson-mandelaMANDELA 11 DE FEBRERO

por Carlos A. Lucas Aráuz (Notas) el jueves, 11 de febrero de 2010 a la(s) 17:27

Los empleados de los hoteles donde se hospeda el líder sudafricano Nelson Mandela suelen confirmar que efectivamente, este ilustre huésped siempre sacude y tiende su cama como lo hizo durante sus 27 años en prisión. Una rutina que refleja la concentración, disciplina y estoicidad de este presidiario y condenado de cienes de juicios, con los que el sistema del apartheid quiso doblegar durante una generación, las reinvidicaciones de las masas negras oprimidas por una minoría blanca y racista.

Mandela no se doblegó, aunque la opinión mundial dejó transcurrir esos 27 años admirándolo de lejos.
Su persistencia le llevó a salir de la cárcel (11 de febrero de 1990), rumbo a la silla presidencial (1994-1998), en un literal y triunfante regreso de la razón aprisionada, contra el racismo imperante.

Mandela logró encontrar, con mucho esfuerzo, luchas y sacrificios personales, una rendija estratégica que le permitió eludir una sangrienta guerra racial en su país, lograr el desmontaje paulatino de un sistema ofensivamente discriminatorio, represivo y sangriento, plantear una plataforma de entendimiento básico entre dos segmentos de población. Marchó al filo de la navaja entre la sed de venganza de las masas negras revolucionarias o simplemente violentas y las poderosas y bien armadas minorías blancas presas de su fanatismo racial, esencialmente violentas y represivas. Asimismo, a su manera, tuvo que batallar contra los nuevos tipos de discriminación intertribal o interracial que brotan y se manifestan aun hoy en dia entre las poblaciones negras de Sudafrica, incluso.

Mandela no uso sus 27 años de prisión para justificar, durante su mandato presidencial, el revanchismo contra sus carceleros y jueces. No saqueó el tesoro público para montar cadenas de negocios familiares ni para hacer guacas que le garantizaran fondos para las compras de voluntades o una reserva en caso que las cosas le fueran mal. No llamó a un ”gobierno de los negros” al haber derrotado electoralmente a un gobierno de los blancos. No organizó fuerzas de choque ni “camisas negras” para reprimir a las disidencias. No azuzó contra la Inglaterra que originó la casta opresora de los afrikáners. No llamó al rugby “cultura imperialista”.

Y Mandela tenía otro ejemplo importante que aportar: a pesar que constitucionalmente podría haberse hecho reelegir para otro mandato, decidió en 1999, no correr para otro periodo presidencial. Considerado un héroe nacional por grandes sectores de la población sudafricana (negros y blancos), tenía todas las condiciones para justificar su continuismo, pero no lo hizo. Perfectamente podría haberse convertido en uno de esos presidentes vitalicios. En cambio, dijo que su motivación era ver crecer, cargar y besar a sus nietos, una vez logrado el surgimiento de una nueva nación en Sudáfrica.

Mandela no se manejó ni en prisión, ni en la Presidencia, con estridencias. Ni se manejó ni se maneja aun con el ceño fruncido y su eterna sonrisa amplia es muestra que para sí ya había conseguido lo que se convirtió en su consigna central: “Somos una nación arco iris que está en paz consigo misma”. Logrò trasfundir a su sociedad ese optimismo y esa esperanza.

Sudáfrica aun tiene raíces racistas y xenófobas, como lo demostraron los sucesos de Zimbawe. Hay problemas de desempleo y falta de atención social a las mayorías. Pero la desaparición de un régimen de pesadilla como el Apartheid que se implantó desde 1948, hace pensar que los problemas actuales pueden ser mejor abordados y solucionados de mejor manera, con claridad, disciplina, perseverancia, firmeza. Como estar sacudiendo y tendiendo la cama como en prisión, para recordar que a pesar de las apariencias, la lucha por la mejoría, la libertad y la democracia, debe continuar, es permanente.

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