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Me llamó la atención en la forma como Avis Cana mordía los jugosos frutos frescos del tomate, echándoles apenas una pizquita de sal, y le comenté que no sabía que le gustaban tanto los tomates. Se había engullido ya unos cuantos.

Y sin hacer pausa en esta tarea, dijo:

“Dejé por descuido un tomate en una frutera de adorno. A los pocos días, el tomate estaba acuoso, hediondo, con algunas tonalidades rojas (indudablemente, todavía se distinguía que había sido un turgente tomate), pero lo principal es que sobre su superficie, alimentándose de sus restos, estaba una miríada de hongos y sus epitelios blancuzcos, verduzcos, negruzcos, por todos lados. Algunos pedacitos rojos, minúsculos, parecían resistirse a la descomposición, al proceso de corrupción, en un intento inútil. Ya le había llegado la hora de su caducidad, de su ciclo.

Este tomate, si bien seguía siendo tomate, ya no era un tomate; era mas bien una compleja colonia de otros seres surgidos oportunistamente, del proceso de descomposición del tomate. Pero formaban un solo cuerpo, una sola entidad, tomate y colonizadores. Eran carne de su carne y sangre de su sangre. No se podían separar los restos todavía rojos, del resto de su cuerpo descompuesto y acuoso.

El pasado revolucionario en Nicaragua es un muerto bien muerto. Sobre los huesos y carne de la vieja revolución, sobre ese pasado rojo, han crecido hoy en día, siempre enarbolando esas estelitas rojas que parecen resistirse a morir, una miríada de seres epiteliales que chupan de esos restos y se hacen pasar como expresión moderna de ese pasado que ya caducó.  Una compleja colonia de otros seres surgidos oportunistamente, del proceso de descomposición de la fenecida revolución. Forman un solo cuerpo, una sola entidad, los viejos remanentes revolucionarios, con los nuevos colonizadores.

Como en la frutera de adorno el tomate dejó de ser tomate por su proceso de descomposición, en la actualidad, tampoco hay indicios que la revolución deje de ser esa burla caricaturesca en la que la han transformado esos seres epiteliales que chupan de esa descomposición.

Entonces, la parábola es que no hay más remedio que echar al bote de la basura, al tomate que ya no es tomate y a su colonia de seres oportunistas y parásitos.

Mientras sea tomate fresco, intensamente rojo y jugoso, lo comeremos con gusto”- concluyó, dando cuenta del último tomate

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