El Retrato de Dorian Gray, relato de Oscar Wilde, se menciona a veces como uno de los ejemplos del llamado género de terror gótico, combinando efusivamente con violencia, crimen, erotismo, sexo crudo, hedonismo total, impunidad, incontinencia, todos los vicios personales y sociales imaginables de las clases altas.

En el relato de Wilde, se encuentra el estado ideal de impunidad perfecta: Dorian Gray puede cometer todos los pecados imaginables, sin cortapisa, manteniéndose fresco, eternamente juvenil, mientras su alter ego en el mágico retrato, sufre y paga las consecuencias de su desenfreno. Pero ese registro fiel de su criminalidad y hedonismo debe ser guardado, apartado de la vista de todos. Existe, pero las marcas de los pecados, debe quedar encerrada entre cuatro paredes. La salud de Dorian existe por la enfermedad de su retrato oculto. Su pulcritud y frescura, existe porque su retrato refleja lo sucio, lo pestilento, lo nauseabundo de su vida real. Su rostro eternamente juvenil existe porque del otro lado, es su retrato el que sufre las amarguras, el envilecimiento, la degradación, la completa animalización, el envejecimiento.

El anonimato de estas pestilencias es necesario para los orgullosos pavoneos sociales de Dorian Gray. Y el premio ideal, el pago de esta doble vida, una pública y otra oculta, invisible, es la impunidad.

Pues bien, la novela El Elegido, de Rafael Romero (Guatemala, vive en Madrid), en medio de su jerga barriobajera y muy chapina, va describiendo con lujo de detalles esa otra mitad, la “mejor no visible”, de la sociedad guatemalteca y reflejando en ese retrato oculto, el pacto mágico que hace posible que unas clases sociales, las élites privilegiadas, vivan su vida impoluta, sin sobresaltos, rosaditos, sanos y seguros, encerrados en sus burbujas, mientras del otro lado cuenta con el reflejo de sus verdaderos pecados, ese retrato mágico que describe Rafael Romero, donde pululan las clases bajas con todas las pestilencias sociales imaginables, en esa mezcla sórdida de violencia, sexo, suciedad, hediondez que les va corrugando aceleradamente, mientras aquellos, los Dorian Gray privilegiados, aprietan el acelerador en su viaje hacia la felicidad, el placer, la buena vida, lo sano, lo “muy chapín”, la eterna juventud de la Guatemala esplendorosa, la juventud de nuestras ciudades latinamericanas.

La marginalidad es vista por muchos, como consecuencia de la pereza, el vicio, la holgazanería, la ignorancia, la mendicidad, la prostitución en todas las edades, de los  mismos que la padecen, sin imaginarse siquiera  que no son más que las consecuencias de la vida desenfrenada de las clases holgadas y holgazanas. La marginalidad no es más que el retrato social de los implacables y fríos “Dorian Gray”. Es lo gótico de su terror.

Así, los pecados sociales de la concentración y centralización de riquezas, de la expatriación de sus excedentes, del rentismo y la especulación financiera, del agiotismo, de la delincuencia organizada y trasnacional, de las vinculaciones a los circuitos de reproducción del capital criminal, de la alta auto estima de las clases altas, especialmente urbanas, se corresponden con la cara oculta de la desocupación, el desempleo o subempleo, la reproducción ampliada de la ignorancia y del déficit de atención educacional, la delincuencia de sobrevivencia, la subestima o nada estima, de esas clases marginales que adoptan un rostro, un cuerpo, una historia, un sentido demasiado humano, en el relato de Rafael Romero.

Mucho se ha hablado de lo desenfadado y también “chapin”  auténtico del lenguaje de los personajes de Rafael en “El Elegido”. Las “malas” palabras (cuáles son las “buenas”) tienen la virtud de llamar de inmediato la atención, por su brevedad y contundencia y es eso lo que más se señala en las reseñas y críticas hasta el momento. Pero ello puede ser una prolongación del efecto “Dorian Gray” de insistir en ocultar la fractura social entre la alta sociedad y su retrato oculto, la marginalidad.

A ningún Dorian Gray le simpatiza la idea que su retrato, que le permite la impunidad  de su frescura eterna, sea visto por alguien o se descubra ese mágico mecanismo que la hace posible.

Rafael ha visto el retrato de su Guatemala, lo ha sacado de su escondite y anonimato, de su invisibilidad impuesta y auto impuesta y aunque el mismo aduce en sus entrevistas y presentaciones, que no perseguía objetivos sociales o políticos al sacar tantos trapos sucios al sol, su libro “El Elegido”, igual que su personaje Bartolo, no podrá evitar ser arrastrado por las circunstancias, a esos avatares.

Dice un respetable crítico literario, admirado por la crudeza del lenguaje, las descripciones y las situaciones del relato: “El que alguien se atreva a hablar de esa Guatemala decomemierdas, de los buscasuertes y buscamuertes me parece una hazaña”. Y  efectivamente sí es una hazaña, pero el lenguaje soez, callejero, la jerga de estas capas sociales, sólo demuestra hasta qué limites ha calado la marginalidad, que se ha tenido que hacer de su propio lenguaje, de su propio sistema de signos, para reflejar ese mundo de absurdos en los que nacen, crecen, se reproducen, matan, roban y mueren.

Otro distinguido crítico-lector  (Juan Pensamiento Velasco) de la novela de Rafael Romero, dice apropiadamente, sobre ésto: “EL ELEGIDO es Guatemala, de eso no hay duda. Ciertamente no es la Guatemala que “los buenos guatemaltecos” le enseñan a sus amigos extranjeros cuando los traen a la capi y pasan de largo frente al Palacio, si es que tienen el atrevimiento de acercarse a la zona uno, claro. Mejor irse directo a la Antigua, dirán (…) . Tampoco encuentra uno en EL ELEGIDO a la Guatemala en que fingen vivir los conductores de Guatevisión que hablan de “tú”, sonríen todo el tiempo para justificar sus ortodoncias y dan consejos de cocina-fusión en sets bien chileros en donde la leña es solo adorno navideño”.  [

Sólo unos pocos, entre ellos Rafael Romero con su novela,  se atreven a hurgar entre este bajomundo de subhumanos, entre nuestros restos sociales que llamamos indigentes, borrachos consuetudinarios, putas, mendigos, vagos y demás calificativos que son el retrato oculto de nosotros mismos, los que nos ufanamos de no estar encerrados en estos retratos. Defendemos nuestra impunidad.

Cuando por casualidad nos topamos con la mugre, la pestilencia, el aliento hiper alcohólico de estos seres, estamos viendo nuestro retrato social y por eso, volteamos el rostro, cambiamos de acera, apresuramos el paso, pensamos en otra cosa. Para no pensar en la violencia, crimen, erotismo, sexo crudo, hedonismo total, impunidad, incontinencia, todos los vicios personales y sociales imaginables de las clases altas y  que de alguna u otra manera, nos impregnan a todos.

Nos volvemos incapaces siquiera de  imaginarnos, que ese bulto tenga rostro, tenga nombre, tenga historia, sea humano como “nos-otros”, los Dorian Gray.

Ese es el efecto de “El Elegido” de Rafael Romero, un retrato Dorian Gray de Guatemala, de nuestras urbes latinoamericanas.

El elegido imagen

 

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