Ataca tigre a empleadoAR

“!Ah!, la inmortalidad, esa soberbia humana”, así se expresó Avis Cana en medio de la fogata en la playa, que prendimos entre todos con restos de troncos secos recolectados esa noche de plena luna y hablando de los acontecimientos del momento.

Y a continuación,en uno de sus espontáneos discursos que lanza de un sólo suspiro, dijo:

El terrible tigre devora a los cervatillos, impunemente, pero llegará un día en el que los cervatillos se burlarán de sus menguadas fuerzas, de sus uñas desgastadas, de su antiguamente, filosa, fuerte,  feroz mandíbula, convertida, con el paso del tiempo, en una triste y desdentada sonrisa. Los tigres también mueren, descubren, tarde o temprano, los cervatillos.

Y es que no  puede haber otra cosa con una imperceptible frontera, infinitamente infinitesimal, entre dos extremos, lo sublime y lo ridículo, que el ansia de inmortalidad de los humanos.

La hermosa tragedia de nacer con los días contados nos hace anhelar, tener la ilusión que es pausible, la vida inmortal. Esa sed de inmortalidad nos hace caer en el más terrible de los ridículos, al tiempo de haber estado en el más sublime de los arrebatos.

Así,  Stalin mandó a embalsar a Lenin, uno de los mas terribles y consecuentes materialistas científicos de su época, contra expresos deseos de éste. Stalin a su vez, fue embalsamado, como los emperadores egipcios de la antigüedad, por sus seguidores, necesitados de estandartes ajenos….¿Materialistas dialécticos  ateos, embalsamados para la inmortalidad? Pero con el tiempo, estos apergaminados restos fueron retirados de la Plaza Roja de Moscú…el momento de solemnidad sucumbió a las realidades de los nuevos tiempos, el ridículo de lo transitorio fue más poderoso.

El todopoderoso Mao, al morir, fue encerrado en una urna de cristal, también embalsamado. Hitler fue reducido a cenizas  por sus allegados, después de su suicidio, por el temor al mancillamiento y humillación de sus restos mortales. En Argentina, el famoso cadáver embalsamado de  Eva Perón, secuestrado, llevado a Bruselas, Milán  Madrid y de vuelta a Argentina en un trayecto de 16 años, es un ejemplo de la solemnidad-ridiculez  de esa necesidad insaciable y fascinación humana por la inmortalidad.

Los emperadores socialistas asiáticos de Corea del Norte,  Kim Il Sum y su hijo,  reposan también apergaminados en costosas cápsulas que pretenden, con el uso de las mejores  tecnologías, dar la apariencia  de inmortalidad.

Hubo un tipo de la India, llamado Sai Baba que se auto llamaba Dios Encarnado y que pretendía ser inmortal, ante la adoración de miles de creyentes (entre los que algunas veces se encontraba la actual sacerdotisa del Frente Sandinista en Nicaragua). Decían sus fieles adoradores, que “Sathya Sai Baba”  materializaba joyas de la nada, podía sacar pelotas de oro y plata de su boca, como prueba de su realeza divina, resucitaba a muertos y él mismo, proclamaba su inmortalidad, aunque, al paso del tiempo, viendo envejecerse y llenarse de achaques, comenzó a decir que ese cuerpo ya no le iba a servir cuando tuviese 96 años, edad a la que iba a “desencarnar” para tomar otro cuerpo…murió  a los 84 años, pese a sus pronósticos y a los maratónicos rezos de miles de sus creyentes, que no comprendían que rezaban a su Dios,  para que no se muriese su Dios.

En Venezuela, los allegados al poder político acumulado por Hugo Chávez, rechazan la idea de la vulnerabilidad humana y mortalidad de su líder y proyectan esa sed de inmortalidad hacia el resto del pueblo: han declarado que puede regresar al poder “el tiempo que usted crea necesario”, como si fuésemos dueños de nuestras vidas y señores de nuestras muertes.  Es en realidad un genuino acto de soberbia humana, desconocer que todos tenemos nuestros días contados, estamos sometidos a esa hermosa tragedia de ser perecederos, transitorios, fugaces.

No queremos dar oídos, por ejemplo, a esa  contundente y materialista sentencia de la Biblia: “Polvo eres y en polvo te convertirás” , nada  es suficiente para renunciar a esa pasión por la inmortalidad.

Un grupo de cervatillos, se acerca, todos curiosos, a olfatear, todos jueguetones,  la inofensiva piel apergaminada del implacable  tigre que yace sobre la hierba fresca.

Diciendo ésto, Avis Cana se sentó en cuclillas, absorto, viendo arder en la noche,  los troncos secos en esa playa nicaragüense de plena luna.

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