No me sorprende, madre

que te asuste tu corazoncito,

que nos asuste a todos,

los que venimos de tus  sístoles y tus diástoles,

de tus aurículas y ventrículas;

de ese lugar de donde nace el amor

con el que nos pro- creaste

diciéndole: “Vida” a nuestro padre.

No me sorprende, madre,

pues cada hijo concebido y parido

es como un infarto

por lo borbollante del amor

con el que nos has cubierto,

desde siempre.

Y es ese amor borbollante

por esa hija, por ese hijo,

por mí, por los diez,

por los hijos de tus hijos,

lo que hace quejarse de esa manera,

a tu corazoncito,

afligido de verse así, desbordado.

No me sorprende, por eso, madre.

Lo único que tenemos  que hacer, madre,

es merecerte.

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