En una de sus más afamadas obras (Tartufo o el impostor, estrenada el 12 de mayo de 1664), Molière nos da un retrato de un espécimen de la sociedad humana que es más frecuente de lo que podemos intuir, el Tartufo: Aprovechado, manipulador, hipócrita, sin escrúpulos, vividor, estafador, doble cara. Servil  si debilitado, desalmado si empoderado.

Es un excelso vendedor de sí mismo; se presenta y gana imagen como el más pulcro, el más humilde, el más desinteresado ser, desprendido, generoso, piadoso.

Tiene un poder de seducción y convencimiento tras el cual esconde sus torvas intenciones de robar, estafar, enriquecerse, escalar socialmente, birlar y burlar.

Es capaz de hacer ver lo que no se ve y ocultar lo que se ve, un maestro tergiversador, un malabarista que vuelve la realidad, fantasía y trueca la fantasía, en realidad.

Un truhan. Un Tartufo.

¡Cuánto abundan hoy en día los Tartufos!… los que se venden como revolucionarios, siendo contrarevolucionarios…los que se muestran como generosos y caritativos, para disfrazar su codicia y su avaricia… los que predican paz y amor, emitiendo odio y resentimiento…los que pregonan a la familia y tienen en sus casas, manada de cuervos a punto de sacarse los ojos…los que se marcan la frente con una cruz de ceniza los miércoles santos y no dudan en dar las ordenes de golpear, amenazar, matar incluso… los que elogian  la pobreza, acumulando más y más riquezas…

Truhanes. Tartufos.

©Carlos A. Lucas Aráuz. Septiembre 2012

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