• El pueblo de Nicaragua padeció durante 10 años (1979-1989), de furor revolucionario mal encauzado, porque la dirigencia no estuvo a las alturas de las fuerzas desatadas. Fue como un poderoso resorte que saltó en las manos de un sorprendido enclenque que no sabía que hacer.

 

  • Desde aquella fecha, hemos caído en un reflujo donde la aventura del cambio, del avance, de la necesidad de progresar y seguir adelante nos causa aversión y resistencia. Es la resaca revolucionaria del 79 y de parte de los 80.

 

  • Por eso preferimos lo esquemático, lo banal, lo conocido, lo repetido y repetitivo. Es mas cómodo.

 

  • Sucede que mientras admiramos y aplaudimos, echamos palmas a quienes aparecen como redentores para redimirnos de nuestras limitaciones, de nuestras insuficiencias, a pesar de ello, los crucificamos sin dudarlo. Pero también admiramos a los procónsules que nos ordenan fríamente, crucificarlos. Somos así  los mejores verdugos contra nuestros propios ideales y sueños.

 

  • El pragmatismo, el corto placismo, el oportunismo, el salvese quien pueda es la verdadera ideología brotada de la debacle de la supuesta ideología revolucionaria de los 80, prostituida hoy en día a una especie de secta masónica,  a un aquelarre.

 

  • Es mejor lo que nos evite pensar, reflexionar o requiera de algun tipo de esfuerzo.
  • Ya no queremos trabajar: creemos merecerlo todo regalado.
  • Ya no queremos estudiar; queremos a lo mucho un corta y pega.
  • Ya no queremos escribir: hacemos signos y usamos la onomatopeya.
  • No queremos hablar: balbuceamos o guardamos silencio.
  • La música que nos atrae es simple y rítmicamente monótona; mientras mas simpleza refleje, mejor.
  • No nos preocupa la belleza, sino lo ostentoso, lo brillante, lo que huela a nuevecito
  • No alabamos el esfuerzo, sino la vivianada
  • No nos preocupan los ladrones, los violadores, los cínicos, los oportunistas ni los tránsfugas: los tenemos de presidentes, diputados, magistrados, cardenales, obispos, dirigentes, presidentes de gremios, líderes.
  • Tenemos un pueblo muy joven, pero somos un país sin juventud.

 

  • De esa forma, de los deseos de un poder revolucionario, transformador, liberador, de los años 80, en este siglo XXI hemos caído a la práctica de un poder demagogo-populista, paternalista, clientelista, oportunista, a la aceptación de un poder político anti constitucional, sectario, excluyente, malabarista de la conciencia mágica de los sectores mas atrasados del pueblo, sus votantes. Un poder con visos dictatoriales, violentos y dinásticos, como el derrocado en 1979.

 

  •  Pero somos los generadores de ese fenómeno, no necesariamente sólo sus víctimas: El dictador es la proyección mediante la cual nosotros mismos hacemos catarsis de nuestros deseos, frustraciones, miedos; es el súper héroe de nuestras propias insuficiencias.
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