El inspector Andrés tuvo el cuidado de revisar debajo de la cama donde yacía el cuerpo, y allá, al fondo, arrastrado por el viento de la abierta ventana que jalonaba hacia dentro de la habitación el cortinaje nítidamente blanco y de encajes, estaba un pedazo de papel, arrinconado, como espantado de lo que tuvo que ser testigo y parte.

 Ordenó a uno de sus asistentes que buscase la forma de recuperarlo; éste lo hizo utilizando, torpemente, un rascador de espalda que extrañamente estaba tirado por allí y se la entregó:

Andrés notó el trazo sereno, claro, lento, de la escritura y procedió a leerla.

La nota decía:

Claudia: Fue para mí emocionante haberme por fin atrevido esa noche, en la recepción en la embajada, proponerte que saliéramos y que hubieses aceptado. Una cita contigo era un preámbulo para muchas cosas, lo intuía. No me olvidé los detalles: En el Café d’Or, a las cuatro de la tarde en punto, el viernes 23 de marzo. Pero como en todas las cosas más importantes de mi vida, consulto mis cosas con el I-Ching. Tiré los palillos como corresponde, procedí a leer su mensaje. Lo repetí, para estar seguro. Y lo confirmé después interrogando al péndulo y estaba claro. Decían los mensajes que tú y yo nunca nos encontraríamos. Que nunca sucedería que tu boca se uniese a la mía, que mi mano sintiese el calor y humedad de la tuya, que nunca podría ver mi silueta reflejada en tus ojos brillantes, negros, hermosos, que nunca nos podríamos desnudar el uno por el otro.

Si, Claudia, es cierto, teníamos una cita en el Café d’Or, a las cuatro de la tarde en punto, el viernes 23 de marzo…pero los palillos del I-Ching y para abundancia, mi péndulo, me confirmaron que eso no iba a suceder. No tenía caso.

Entonces, Claudia, no pude soportar ese veredicto fatal, contra mí, del destino y recordé que aun no había probado disparar la Smith&Wesson que compré hace algún tiempo, por lo que decidí, a manera de protesta, de rebeldía contra esas sentencias descabelladas de la Vida y el Destino, que a veces me han condenado a renunciar a mis sueños, lo que ya tendrás noticias cuando te lleven esta nota, que es mi última voluntad.

El Inspector Andrés respiró hondo y compungido, dándole la nota a su asistente:”Toma, regístrala y resguárdala como evidencia…es la nota más rara que he visto escrita por un suicida”, añadió, mascullando para sí.

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©Carlos A. Lucas A. Agosto 2012.

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