En: http://secretolivo.com/2012/04/23/efecto-polilla-miguel-brieva/

Y pongo adrede eso de “alrededor del poder”, porque (en los sistemas formalmente pluralistas),  mientras uno o varios partidos luchan por mantener el poder, otros luchan por el poder y otro grupo, no menos importante, simulan la lucha por el poder, pero prefieren mantenerse en un estatus que les da eternidad para servirse de las mieles del poder, aunque sin sudar por mantenerlo, ni sudar por conquistarlo.

En Nicaragua, a estos últimos les llamamos “Zancudos” porque chupan de la “sangre” tributaria, no importa quién esté directamente en el poder. Yo les llamo, mejor,   las rémoras. Pero sea como sea, este último grupo, dependiendo de su olfato, puede ser un feroz defensor del otro partido político en el poder, contra sus cuestionadores, cuando éstos aparentan no tener la fuerza suficiente para tumbarlo o influirlo, o bien pueden actuar como el más cínico y contumaz de los traidores a ese poder, cuando lo mira tambaleante y a punto de caer.

Apartando a los grupos políticos rémoras, sólo quedan en el escenario aquellos partidos políticos que luchan por mantenerse en el poder y los que genuinamente, se presentan como alternativa de poder. Lo de “genuino” es obviamente, relativo: Que sean alternativa en el poder no quiere decir que sean anti sistema, sino que son potenciales sucesiones, precisamente, alternancias

 “Burros” y “elefantes”, el juego del equilibrio

Por ejemplo, en Estados Unidos, los “burros” y los “elefantes” luchan una y otra vez por llegar al poder, desde inicios del siglo XIX, hasta la fecha, sin que esto altere el rumbo estratégico de esa potencia ni el equilibrio que da ese sistema bipartidista a esos grupos de poder. En países como Colombia, la alternancia se da por descontado, mientras en México el unipartidismo había sido la tónica desde inicios del siglo XX… hasta Vicente Fox. Igual, el unipartidismo en Cuba. En el caso de Nicaragua, se ha dado el fenómeno de un sistema político formalmente pluralista, pero basado en la práctica, en un sistema unipartidista, que establece las reglas del juego electoral, a fin de no permitir ningún chance a perder su poder, pero dándole a los demás el derecho a predicar que luchan genuinamente por conquistarlo, aunque se pruebe una y otra vez en las urnas, que eso no es cierto.

Es decir, un sistema político bien puede sobrevivir basado en cuotas de poder entre los llamados partidos políticos, no importa ese sistema sea “pluralista”, bi partidista o unipartidista, indefinidamente. Al menos mientras funcione la ley de la potencia[1], el equilibrio se mantendrá.

¿Se rompe el equilibrio?

Cuando el equilibrio se rompe por algún factor, el sistema entra en crisis, viene la “catástrofe” o la transformación del sistema. El somocismo en Nicaragua tuvo su fase de equilibrio y los “granitos de arena” cuestionantes o críticos del sistema, que a lo largo de 45 años fueron poniendo los diversos contingentes populares, llevaron al somocismo a su crisis y debacle, a su propia catástrofe. Es literal que un granito de arena adicional, puede provocar una avalancha[2], si tenemos la paciencia de observar el comportamiento de la “masa” en un buen reloj de arena.

Sin embargo, los partidos políticos institucionalizados como tales, sean de la “oposición” formal o los abundantes partidos rémoras, no son los granitos de arena que puedan alterar o llevar a su punto crítico al sistema. Ellos “desfogan” esas presiones y son parte de las fuerzas en las que se basa su equilibrio. Una vez mas, con el caso de Nicaragua, desde hace décadas es absolutamente inexistente o muy rara, la lucha reinvindicativa sindical, campesina, popular, como ha sido, en contraste, de relevante, la lucha en Costa Rica contra las privatizaciones de los servicios públicos o contra el tratado comercial con Estados Unidos, a pesar del ambiente “de izquierda” que se supone en Nicaragua.

En Nicaragua, ni el hasta hace poco alter-ego del FSLN, el Partido Liberal Constitucionalista de Alemán, ni el actual alter- ego, el Partido Liberal Independiente (PLI), han sido vistos nunca,  lidereando una protesta reinvindicativa o política contra el gobierno del FSLN, comprobando su papel de fuerza de equilibrio en el actual sistema.

Los partidos políticos han servido para confundir, desalentar, inhibir, reprimir incluso, la acción popular, la acción ciudadana.

Son esas acciones de reclamos reivindicativos y políticos los verdaderos “granitos de arena” en la búsqueda de un cambio de sistema, son los verdaderos “atractores” de las fuerzas de cambio. Y evidentemente, los partidos oficializados y los rémora, no quieren romper un equilibrio que los sustenta como tales y por lo tanto, van a rechazar, condenar y hasta enfrentar, ese tipo de cuestionamientos al sistema.

Lo que convierte a los partidos políticos en un obstáculo hacia el cambio, en factores retardatarios e incluso, factores represivos, contra el cambio.

Quítate tu, que aquí estoy yo

El partido representa al pueblo, el Comité representa al partido…yo, “líder indiscutible” represento al comité, al partido y por lo tanto, al pueblo; yo soy el pueblo, dicen los dueños de los partidos.

Usualmente los partidos políticos se aglutinan alrededor, en nuestros medios latinoamericanos, de un líder o caudillo (hombre o mujer), de una ideología, de una disciplina y si acaso, un plan de lucha, un programa de  gobierno si llegase al poder. El factor eje, en este tipo de organizaciones, obviamente es, al mismo estilo de las sectas o hermandades católicas, solamente el último del fementido juramento de “Pobreza, Castidad… y Obediencia”. La Obediencia es el eje de los partidos, como el de las iglesias. Podes enriquecerte…está bien. Podes ser incontinente…está bien…pero no podés dejar de obedecer al Ser Superior, en todo lo demás, al líder Supremo.

Y el líder o caudillo del partido es el que vigila que se obedezca a su pie de letra, el catecismo político del partido, a sus directrices y órdenes, a sus estructuras, reglas y normas, al líder mismo, que es la apoteosis del ideario y la práctica gloriosa partidaria.

¿Podemos ser ciudadanos sin partidos políticos?

El pueblo mira atada sus reivindicaciones justas, su derecho y necesidad a la libertad de pensamiento y creatividad, a la libre expresión, a la libre búsqueda de sus opciones, a la expresión libre de su individualidad en todos los órdenes, cuando se organiza en los partidos políticos. Y lo peor, se convierte en correa de trasmisión de esas imposiciones, no solamente a su militancia, sino al resto del pueblo no partidario.

La imposición es tal, que se piensa que un ciudadano común no puede tener expresiones políticas si no es a través de esas correas de trasmisión girando alrededor del poder.

Un granito de arena que puede tener efectos “catastróficos”

De nuevo, refiriéndonos a Nicaragua, la constitución política de 1987, reformada por un pacto de partidos en 2000, tenía un punto de avance en ese derecho a expresarse sin la obligatoria tutela de un partido político: la suscripción popular.

En un estudio (1999) a nivel nacional y abarcando a 70 mil personas,  los investigadores Karla Sánchez y Edmundo Barreto, determinaron que el 96 por ciento (96%) de los 70 mil encuestados, se oponían a que los grupos de suscripción popular fuesen borrados “porque, afirman, su eliminación “no contribuye al proceso democrático, además que se propicia el caudillismo, las tendencias bipartidistas, y los sistemas políticos excluyentes”.

Sin embargo, la suscripción popular, esa posibilidad democrática de optar al poder por una via que no necesariamente es el partido político, fue eliminada en la reforma Constitucional pactista (FSLN-PLC) del año 2000. Esta reivindicación legítima ha ido quedando olvidada desde entonces, en un gesto tácito de los dominantes partidos políticos alrededor del poder. Las últimas gestiones visibles desde fuera de los partidos, fueron en 2008,  por parte de organizaciones como Ipade o la Fundación Violeta Chamorro.

Mantener abierta la opción de mecanismos, como la suscripción popular, si bien no sustitutivos, pero alternativos y en cierta forma, complementarios en la participación política democrática, de tal manera que se evite la monopolización de la vida política en manos de esos partidos, grupos de agentes profesionales, que hacen de la vida política su modo de vida y “trabajo”, puede hacer la diferencia en la búsqueda de un nuevo rumbo, la búsqueda de un cambio amplio y profundo que por la ley de la potencia, haga que por su magnitud, transcurra otro buen lapso de tiempo antes que se presente de nuevo, una “catástrofe” social y política.


[1] Una ley de potencia expresa una relación entre variables. Si una de ellas es la frecuencia de un evento, y la otra es el tamaño de ese evento, y si se observa que las frecuencias tienen a disminuir conforme aumentan los tamaños de los eventos, entonces esa relación es una distribución de ley de potencia. O sea, los eventos catastróficos no ocurren con frecuencia. Por eso es difícil hacer una revolución donde ha habido antes otra revolución o hacerla donde al menos una mayoría supone que hubo una revolución. Es altamente improbable que en Nicaragua, por esa ley, surja un segundo Carlos Fonseca Amador o un segundo Rigoberto Lopez Pérez, como a algunos les gusta pregonar, irresponsablemente.

[2] “ Una chispa puede incendiar toda la pradera”, decía en un estilo bastante Alfonsino, el líder chino Mao.

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