No hay dictadura contra un pueblo, sin corrupción. La corrupción no se refiere solamente a la manía de raterotes, rateros y raterillos, sino a la forma como todo un pueblo es desviado de sus objetivos, sus hitos fundamentales como tal, en función de intereses de grupos, sectas, maffias, logias, pacotillas de asaltantes, pandillas, merodeadores y parásitos del poder, por mas vocabulario revolucionario o de izquierda con el que engatuse a sus sometidos o por mas discurso iglesiero, iluminado, ditirámbico, del que haga gala.

De allí que las dictaduras no puedan ser de izquierda ni derecha, eso no importa: ¿qué diferencia hay entre un hacha que te decapita con una mano izquierda o un hacha que lo hace con una mano derecha? ¿Le importa a tu cabeza calificar si era de izquierda o de derecha, esa fuerza?

Por eso, es indiferente el discurso de las dictaduras, porque es el mismo: Las dictaduras hacen del pasado acrítico, su religión y del futuro lejano, otro opio. Nos hacen rezar y llorar por nuestros muertos y nos hacen rezar y llorar de júbilo por dioses futuros, inexistentes. La cosecha que ellos obtienen, es la pasividad y la resignación del pueblo, en el aquí y ahora. Los dictadores y sus secuaces viven en el presente, mientras destierran al pueblo hacia el pasado y hacia el futuro.

Sobre aquella corrupción de la conciencia del pueblo, brotan y se sostienen las dictaduras, a la manera como brotan los hongos en el estiércol del campo. Los dictadores surgen allí donde se ha corrompido esa conciencia del futuro del pueblo; donde el pasado, a cambio, se sirve todos los días, como plato de lentejuelas, a cambio de la pasividad del hoy.

Y se lo agradecemos, llamando sabio y visionario, al dictador y a su banda de atracadores y vividores.

Un dictador es la materialización de nuestra propia corrupción como ciudadanía, nuestro reflejo. Resume lo que en estos momentos, nosotros mismos, quisiéramos ser: El dictador es el prototipo de padre de familia, de esposo, de empresario, de líder religioso, de guía moral, de idealismo y de realismo: así quisiéramos ser y por eso, lo permitimos.

La tiranía, el surgimiento de un déspota, por ese sustrato de la corrupción (la forma como el pueblo es desviado de sus objetivos fundamentales), en el fondo, son reflejo de nuestra actitud, nuestros pensamientos, nuestras conveniencias particulares, nuestra corta visión como individuos.

Un dictador es el cociente natural de la pasividad del pueblo. El dictador crece a medida que la ciudadanía, decide permanecer ingenua, pasiva, acomodada, resignada. Tendríamos que derrotar la dictadura en nuestro interior, persona por persona, para poder llevar a cabo esas transformaciones.

Aunque por eso mismo, las dictaduras no pueden ser eternas, como lo pueden llegar a ser los pueblos, por las acciones ciudadanas.

Pero mientras la ciudadanía en el seno de los pueblos no decida un ¡basta ya!, desde las pequeñas hasta las grandes acciones de cambio, tendremos esa permanente “Fiesta del Chivo” en el que se ofrenda la virginidad de la mansedumbre y el sometimiento del pueblo…Tendremos en gigante, la poderosa y omnipotente sombra de nosotros mismos…el Dictador..

©Carlos A. Lucas Arauz. Julio 2012

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