Lo dicho por don Sergio Ramírez en su nota “Prosa Profana-Un apóstol de nuestra historia”, en referencia al legado de ese otro telúrico argentino, Gregorio Selser, es certero: de alguna manera, el clandestinaje de ambos libros en Nicaragua, en los años de la dictadura de los Somoza (“Sandino, General de Hombres Libres” y “El Pequeño Ejercito Loco”), arrastraba también a la clandestinidad a sus lectores.

Por eso quizás, en aquellas condiciones, su efecto fue histórico: circulaban de mano en mano, sin necesidad de comprarlos, forrados en ese multi ocupado forro de papel kraft que menciona Sergio (el original de ellos que llegó a mis manos  tenía por portada una agotada cartulina verde pastel), enseñando una verdad que desconocíamos.

Y esa labor de Greogorio Selser es más que portentosa: hacer que un pueblo entero, especialmente en sus generaciones nuevas,  recupere, haga suya una identidad secuestrada, reprimida, perseguida. Hacer que esa identidad se vuelva cuestionadora, insurgente, revolucionaria. Lo logró.

Recuerdo que siendo niño, quizás unos 11-12 años, mi mamá, la Lulita, me dió un encargo para llevar a mi padre Carlos Lucas B., que trabajaba de Contador en la Oficina “Central de Ingenios y Anexos”, un temprano ente corporativo que manejaba el entramado azucarero de los Somoza, bajo la dirección de Fausto Amador. Ubicada,  si mal no recuerdo a unos 200 metros de la Avenida Roosevelt. En la esquina, estaba la norteamericanizada “Tienda Carlos Cardenal”, con sus también tempranas para Nicaragua, escaleras eléctricas, una aventura necesaria cuando un niño pasaba por allí. Asi que de buena gana abordé el bus de la calle Colon para dirigirme hasta allá.

Al regreso, el mismo bus de ruta, pasaba frente a la antigua calle de la cárcel-cuartel de La Aviación y allí se detuvo a señas de un guardia nacional de los Somoza, que estaba  con garand y todo. El guardia entró, medio saludó al chofer y su ayudante (que cuando corría tras el bus se le oía fuerte la pesada carga de monedas en sus bolsillos). No pagó su pasaje y entró como pasajero. Vestido de ese color que le dicen kaky por no decirle en español su genuino color a qué. Mal encarado, pelo parado, ceño fruncido (los guardias de Somoza sólo sonreían cuando disparaban contra civiles indefensos), fue avanzado hacia atrás, hasta donde yo iba sentado en la posición del pasillo. Se detuvo, me volvió a ver  y aunque no decía nada, supuse se quería sentar al fondo y me viré apartando mis piernas para dejarle entrar. Pues de manera brusca, me agarró de las piernas, me empujó con fuerza haciéndome deslizar  hasta el fondo del asiento y se sentó, solo gruñendo, sin decir nada. Cargar un fusil de ese tipo como que vuelve como mudas y taciturnas a las personas…y a los que los tengan enfrente.

Me enfureció la agresión, la prepotencia, la impunidad del tipo, pero en silencio. ¿Qué se podía hacer? Era nada menos que  la guardia, que incluso, si quería, podía leer patas arriba los periódicos, como nos decían en chistes clandestinos, los mayores.

Lo que hice fue saltarme rápido al asiento de atrás, por encima del respaldar, primero como protesta impotente y segundo, para no tener problemas por si me bajaba primero. Fue humillante pero aleccionadora esa experiencia. Rápidamente la niñez de esa época y luego su juventud fuimos conociendo la clase de “maldito país” el que nos había tocado.

Y entender ese país, esa guardia, esa dictadura, el papel intervencionista de Estados Unidos en nuestra historia y economía, la gesta de Sandino, como decía, para esas generaciones y en particular con obras tan tempranas como los libros comentados de Gregorio Selser, fue el rescate de una identidad reprimida, la redención de un orgullo creciente en contraposición a esa humillación y agresión que hasta en nimias anécdotas como la relatada, vino sufriendo el pueblo nicaragüense desde el magnicidio contra Sandino.

Por eso creo, estimado Sergio que, Gregorio Selser, ese argentino que nunca conocí mas que a través de sus escritos y sus fotos, tiene su monumento, parque, calles, con su nombre, en esa identidad de liberación, de búsqueda, de rebeldía que llevamos los nicaragüenses. Somos gregorioselserianos.

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PD: tomar nota de la sugerencia de Sergio Ramirez;  Selser nos ha dejado sus archiveros, todas sus investigaciones, lecturas, notas, en http://selser.uacm.edu.mx/clientSearchSelser/

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