Crónica de la intolerancia “revolucionaria”

Las revoluciones que se perfilan con orientaciones “socialistas” (procesos ya sean como práctica o como mero discurso), llevan un virus incrustado en su propia naturaleza  y que se llama Intolerancia.

El virus de la intolerancia se multiplica en lo ideológico, lo político, lo económico, lo cultural, y hasta en el campo de los comportamientos y expresiones de la sexualidad de la población. Y con el tiempo, esa intolerancia viene a ser una de las causas de la descomposición y fracaso ulterior de estos procesos “socialistas”.

La conclusión general que podemos derivar de esto, es que esos procesos no parecen aprender de las experiencias y son reiterativos, atávicos en lo que se refiere a la intolerancia. Lo vemos actualmente,  en Bolivia, en Ecuador, Venezuela, Nicaragua, y hasta en el régimen de Cristina Fernández, en los cuales son más visibles las acciones, prácticas y medidas de intolerancia, que las medidas de transformación estructural, cambio de régimen de propiedad o distribución de riquezas.

Los fundadores del pensamiento socialista “moderno”, en las postrimerías del s.XIX, sostenían que la revolución estaba constituida de hechos prácticos, transformadores:

La ‘liberación’ es un acto histórico y no mental, y conducirán a ella las relaciones históricas, el estado de la industria, del comercio, de la agricultura, de las relaciones.”

— Karl Marx y Friedrich Engels, La ideología alemana (1846)

Si no hay hechos históricos, transformaciones objetivas, no hay proceso revolucionario.

El lobo: La Intolerancia es un signo derrotista

Pero hemos estado viendo, cómo la intolerancia en este tipo de procesos, sustituye a las medidas objetivamente radicales, realmente transformadoras. Viene a ser, de esa manera, una suerte de inyección ilusionista que sustituye la necesidad de la revolución práctica, por una especie de revolución mental, de sensación de avance cuando el proceso se ha vuelto estacionario y hasta retrógrado.

La intolerancia justifica entonces el  no seguir adelante con las transformaciones, sustituye la necesaria realidad de la transformación, por el deseo y la ilusión. La radicalidad mental de la intolerancia sustituye a la transformación radical de la realidad. Es un temprano signo derrotista.

Y en particular, esa intolerancia, que ha sido y sigue siendo típica de estos procesos “socialistas”, se manifiesta con fuerza en los temas de la sexualidad.

La Intolerancia “socialista” sobre la sexualidad

Por ejemplo, consonante con cierto pensamiento inicial y claro de F. Engels en su folleto “Principios del Comunismo” y que aun suena muy revolucionario (“Las relaciones entre los sexos tendrán un carácter puramente privado, pertenecen solo a las personas que toman parte en ellas, sin el menor motivo para la injerencia de la sociedad), una de las primeras medidas de la primera revolución socialista (1917) en Rusia, bajo la dirección de Lenin, fue la suspensión de las represivas leyes zaristas contra las mujeres y los homosexuales.

Sin embargo, bajo el régimen del  Secretario General del Partido Comunista J. Stalin (1922-1953), y desde entonces hasta la debacle del sistema “socialista” en la URSS, el enfoque y las medidas giraron hacia uno esencialmente represivo, patriarcal y homofóbico: se re penalizó el aborto, se premió con bonos la maternidad, se dificultó y proscribió el divorcio unilateral, se penalizaron las relaciones afectivas y sexuales entre personas del mismo sexo. De 1934 a los primeros años de la década de 1980 fueron condenados, con base en el artículo 121 del Código Penal “socialista”, cerca de cincuenta mil hombres homosexuales, considerados, por ello, contra revolucionarios. Un giro en redondo.

Igual proceso de intolerancia, represión y moralizante se ha dado en China, desde Mao Zedong a la actualidad, en la desaparecida Alemania Oriental y demás países  del fenecido bloque“socialista”, Vietnam del Norte, etc.

El bosque: Un caso actual, Cuba

Más cerca de nuestras realidades caribe-latinoamericanas, el proceso revolucionario en Cuba no ha sido la excepción en  este atavismo de intolerancias, aunque hay variantes: en esta isla “socialista”, el proceso revolucionario abrió su periodo con posiciones y acciones altamente represivas y retrógradas en algunos aspectos de la sexualidad, desde sus primeros momentos[1], con la particularidad que con el tiempo, esta intolerancia ha venido teniendo una suave evolución a formas mas permisivas, al ritmo del inminente cambio generacional en la estructura de poder.

El costo social y humano de estas nuevas  tendencias en Cuba ha sido alto. Hubo tiempos muy duros  para los “transgresores” del modelo “revolucionario” de sexualidad en Cuba: Por ejemplo, “La noche de las tres P” (prostitutas, proxenetas y “pájaros”, cubanismo para homosexual), una razzia en 1962 contra este tipo de “escoria burguesa” en la cual fueron detenidos, por su condición homosexual, incluso intelectuales como Virgilio Piñera, Premio Teatro 1968 Casa de las Américas.

El gobierno cubano, entre 1965 y 1967, encerraba a los acusados de homosexualidad, en las Unidades Militares de Ayuda a la  Producción (UMAP) como una alternativa de aislamiento e incluyó a muchos de ellos en la “escoria”,  que el régimen expulsó a través del éxodo masivo de Mariel, en 1980.

Ese mismo gobierno revolucionario y “socialista” , bajo el liderazgo de Fidel, aplicó ese mismo enfoque profiláctico cuando se dio a conocer la existencia del virus del SIDA en la Isla: Entre 1986 y 1995, los infectados de SIDA, muchos de ellos homosexuales, perdieron sus trabajos, sus derechos ciudadanos y fueron encerrados y aislados en sanatorios-reclusorios en esos años.

El “hombre nuevo”

Afortunadamente, esos enfoques se han ido replegando con el tiempo, dando lugar a nuevas consideraciones sobre la sexualidad y sus manifestaciones. Uno de los hitos de esos cambios en Cuba, ha sido la conformación (1989) del Centro Nacional de Educación Sexual (CENESEX), con el objetivo de lograr, a través de investigaciones, educación, terapias, capacitaciones, promoción, que “el ser humano viva su sexualidad de forma sana, plena, placentera y responsable”.

El CENESEX ha hecho que Cuba se adhiera a los 29 Principios de Yogyakarta y esto ha facilitado la defensa de los derechos humanos referidos a la identidad y práctica libre de la sexualidad individual.

Ayuda mucho, por supuesto, que al frente de estos esfuerzos y del CENESEX, se encuentre Mariela Castro, hija de Raúl, sobrina de Fidel: ella incluso promueve desfiles y manifestaciones de los segmentos de diversidad sexual en Cuba y ha insinuado que el Presidente, su padre, está a favor de mayores reconocimientos a esos segmentos de la población cubana. Es una mentalidad renovada, si se materializa.

Ante ese panorama de cambios en la Isla, y con el  título de esta nota (“El lobo, el bosque y el hombre nuevo”) recordamos el relato (1990) del escritor cubano Senel Paz, que circuló informalmente en toda Cuba en esos años, hasta que fue editado por el Ministerio de Cultura de Cuba (se piensa que este relato es el documento más fotocopiado de la historia cubana) y fué la base de la audaz película “Fresa y Chocolate” (1993) de Tomas Gutiérrez  Alea  y Juan Carlos Tabio, que marcó una seria reflexión sobre la homofobia, y en general,sobre la intolerancia “revolucionaria”. Senel Paz escribió el guión.

¿Quién, estando en La Habana, puede resistirse a visitar la Catedral del Helado, Copelia? Con los vientos de cambio contra la intolerancia, en Cuba habrá de Fresa y Chocolate.

La obra de Senel Paz ya presagiaba, en el cubanísimo ambiente del Copelia, la Catedral del Helado en La Habana, la diversidad de opciones en el disfrute del placer, para que “el ser humano viva su sexualidad de forma sana, plena, placentera y responsable”, al  mismo tiempo que impulsa y exige los cambios objetivos en la búsqueda de la base material que lo haga posible.


[1] Esto puede hasta cierto punto, explicarse por el hecho que la Isla, hasta Batista, era considerado una especie de casino, lupanar y rancho flotante de ciertos y poderosos segmentos de Estados Unidos.