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Imagen en: http://centroderechoshumanos.com

Uno de los términos más expresivos del pensamiento misógino, es el de “prostitución”. Y más aún, el término de “puta” que se aplica tanto a personas que comercializan su capacidad y tiempos sexuales, como a  aquellas personas que ejercen libre (puede ser que promiscuamente desde las opiniones de terceras personas), esas capacidades y tiempos sexuales.

La comercialización del sexo es también, un asunto típicamente de mercado: oferta y demanda.

En este intercambio sexual- comercial, tienen que haber al menos dos partes: la del usuario o demandante de servicios, con capacidad adquisitiva, con poder de compra y que le atribuye al sexo de la contraparte (como capacidad y tiempo de uso de la sexualidad y normalmente, de su genitalidad), un valor de uso (cosificación).

El sexo, su ejercicio en la sexualidad, deja de ser un atributo meramente humano, expresión ultima de la libertad individual en cuanto a su capacidad de placer (individuación) y  procreación (socialización) y se cosifica, se convierte en un objeto, adquiere un valor de mercado, transaccional. Es una irrupción (penetración) violenta de las leyes del mercado, en uno de los aspectos más íntimos de la individualidad humana.

Por el lado de la persona compradora, su acción de cosificación se aplica a la genitalidad y sexualidad de la contraparte, pero también a la suya propia. Por una serie de razones psicológicas, temperamentales, de personalidad, circunstanciales o no, se aparta un poco, y temporalmente, del potencial mercado sexual de la vida cotidiana (que le exigiría algún esfuerzo de búsqueda, contacto, oportunidades para ejercer su libertad de intercambio sexual y de sexualidades con otra u otras personas) y por economía de procedimientos, recurre a su oferta de cosificación: es una persona que acude sin historia, sin prejuicios, sin nombre, totalmente de incógnito, por un tiempo estrictamente limitado, sin perspectivas de continuidad, a la transacción sexual.

Pero con poder.

El poder de comprar, el único que vale en nuestras sociedades modernas y desde la aparición del mercado como tal.

Por el lado de la persona “vendedora”, la contraparte se presenta con ese poder: Tiene el dinero, o la prebenda o los premios necesarios para hacer que la contraparte “comprada” proceda también a esa misma enajenación, a despojarse de su propia historia, sus prejuicios, su nombre, totalmente de incógnito, por un tiempo estrictamente limitado, sin perspectivas de continuidad,  a la transacción sexual con el comprador.

La persona vendedora renuncia a su doble poder, su derecho al placer y reproducción, lo enajena a cambio de la transacción. No va a exigirle a la parte compradora ninguna expresión sentimental, de empatía, ni de delicadeza o concentración o sobriedad siquiera. Se pone a la orden de la parte compradora el tiempo sexualmente necesario para que la parte consumidora o cosificadora (la parte más alienante y alienada) se sienta realizada y para que ella misma, la parte vendedora, cristalice en forma de dinero, prebenda o premios, ese tiempo enajenado por el otro.

La enajenación de la persona vendedora es momentánea en cada transacción, pero es repetitiva en una jornada comercial, dependiendo de su capacidad para “atender” a n “clientes” en esa jornada. Para ello se hace un uso estricto del tiempo, que es parte de la relación contractual que hace de preludio a la transacción: qué me vendés, que servicios me das, por cuánto tiempo, cuánto tengo que pagar.

Aunque sucede algo particular: la parte compradora, una vez satisfecha su necesidad de uso y consumo, se retira y como si se tratase de un traje, vuelve a arroparse con su nombre, su personalidad, su prestigio social, su historia, sus prejuicios. La catarsis, el placer que lleva de haber sometido, esclavizado de esa manera a la otra parte, le ha confirmado su poder

Puede, sin ningún remordimiento, besar a sus hijos, a su madre, a su esposa o novia porque nota que salió él mismo, impoluto, sin ninguna secuela o afectación, de aquella transacción sexual, de esa catarsis, la realización que da saberse y sentirse conectado a un mercado, al sitio donde se ejerce el poder, como comprador.

Siente que ha ganado y “acumula”, por un tiempo, esa satisfacción dentro de sí…hasta llegar a otro punto de necesidad y repetir el proceso.

Y todavía algo más, particular: la persona vendedora, satisfecha en la jornada su necesidad de dinero, prebendas o premios, se retira, con el inconveniente que ella va a arrastrar tras de sí, lo quiera o no, esa enajenación brotada en la transacción sexual- comercial, va a tener que llevar a manera de anatema respecto a la sociedad, esa naturaleza que la despoja de nombre, historia, prestigio social, casi para siempre. Es una “puta” y siempre lo será, para esa sociedad.

Aquel comprador que besa libre y contento a sus seres queridos, no se quiere dar cuenta que ha sustraído, se ha apropiado de valor, ha vaciado de contenido, una parte de una vida humana. Ha expropiado. Enajena al objeto de compra, es decir, hace que se disocie el equilibrio objeto-sujeto de la libertad humana. Su expresión de sexo, sexualidad, genitalidad es separada de su condición humana, cosificando esas potencias, en la parte vendedora.

Allí están las condiciones del acto de compra-venta en la mal llamada “prostitución”.

Dos partes esenciales: una con poder de compra, sedienta del valor de uso del sexo, la sexualidad y la genitalidad de la contraparte y  ésta, necesitada (objetiva y/o subjetivamente) del dinero, la prebenda o los premios de la operación. Y casi siempre, un intermediario que hace las veces de concertador entre las partes; un comisionista que con el tiempo… se vuelve dueño de los tiempos de las “putas”. Las traslada de un sitio al otro, las usa, las vende, las compra como máquinas de hacer dinero.

En el mercado actual nadie oferta si no hay demanda. No puedo salir a vender zapatos de cuero con suela de lona…si nadie piensa que los necesita, si nadie le asigna un valor de uso. Pero si hay unas, dos, muchas personas que creen necesitar zapatos de cuero con suela de lona, la oferta, irá apareciendo, indefectiblemente. Acelerada por la literal emboscada que se hace cortando oportunidades, cerrando opciones, a las familias populares, a la juventud popular. Se generan las condiciones para volver su sexo, sexualidad, genitalidad, un valor de uso y de cambio, una mercancía como cualquier otra. Habemus mercado.

Pero la mirada de cíclope propio de nuestros valores sociales misóginos, solamente ubica a la parte más débil, la parte literalmente esclavizada y de inmediato, juzga y condena y afirma:”ejerce la prostitución”, “es puta”, es nadie.

Sí, claro, es nadie, porque el comprador ejerce su poder, para nutrirse él a costa de la humillación y sometimiento de su contraparte cosificada y sentirse de esa manera, humano, despojando, expropiando el derecho humano de la parte así esclavizada, a un nombre, una historia, un prestigio social. Es un sexo, no una persona.

Como vemos, en realidad hemos estado llamando “prostitución” y “putas” solamente a las contrapartes vendedoras nada más, cuando las partes compradoras son  sustantivas al proceso: el comprador ejerce la prostitución y es “puto” al ser eje de esta enajenación, de esta comercialización y cosificación del placer sexual.

Pocos países han superado esa visión de cíclope sobre la prostitución: Suecia  aprobó en 1999 una ley que penaliza a los compradores de sexo y despenaliza a la parte vendedora (“Ley sobre compra de sexo”). La pena máxima para los compradores de sexo es de seis meses de cárcel.  El gobierno sueco parte del principio que la prostitución nunca es voluntaria, mas que de la parte compradora y de la estrecha relación de este proceso con la trata de personas y el crimen organizado.

Si hay un límite humano a la dominación, opresión, sojuzgamiento del uno por el otro, es la esclavitud, donde el comprador y propietario dispone a su arbitrio de toda, absolutamente toda la corporeidad de la persona esclavizada y ésta carece absolutamente de cualquier tipo de derecho humano o derecho de ser vivo como tal. La vida de la persona esclavizada está a la orden del esclavista.

Mientras los obreros “entregan” en las plantas la plena disponibilidad de sus fuerzas, de sus energías, de sus capacidades, habilidades, destrezas a su comprador y deben incluso cambiar su manera de vestir (se uniformizan), de hablar, de opinar, se vuelven sus esclavos por 8 horas diarias, las vendedoras en el comercio sexual, hacen lo propio con sus compradores

La parte vendedora en el proceso de prostitución es una persona esclava. En el ejercicio de la transacción tiene que renunciar a todos sus derechos humanos al placer, a la libre elección de pareja, a sus derechos sexuales y reproductivos, a un nombre, un perfil, una historia, sometida a un rol donde debe hasta cambiar su manera de vestir, de caminar, de hablar, de opinar, en suma, de buscar la felicidad.

En la relación esclava, lo corporal está totalmente sometido a la voluntad del que ejerce el poder de propiedad. Por eso, el proceso de prostitución es un proceso de esclavización para la parte débil en la transacción.

Las así llamadas “putas” vienen a ser la última decantación de la enajenación, de la alienación,  expresada en el ejercicio del placer sexual comercializado. Son la parte oprimida, esclavizada, sometida y cosificada de la sociedad.

Las “putas” son el proletariado del proletariado. Las victimas sexuales del poder.

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