Eran amplios e inmensos mundos, mas llenos de vacío que lo que puedas imaginar. Pero solo recuerdo la mitad de las cosas, pues, lógico, solo tenía la mitad de las cosas hasta que de pronto, luego de una espantosa, asfixiante, desesperante carrera, me sentí  completo y lleno y todo empezó: un mandato poderoso tronó estremeciendo todos los cimientos y los mundos estallaron, la expansión de todos esos universos se inició en una increíble fiesta y explosión de colores y fue una expansión interminable. Se oían las corrientes de luz girando, torciendo, evaporando, condensando, fluyendo, pero nunca se detenían. Duró mucho o poco, puede ser, no lo sé, se me hace muy difícil recordarlo, pero parecía interminable esa expansión hasta que una cascada me arrastró y sentí ahogarme y agité, ahora si podía, brazos, piernas, me contorsionaba, ¿otra carrera? Sí,! igual, otra vez! Espantosa, asfixiante, desesperante carrera. Todo parecía perdido, duro, ¡era tan estrecho! ¿Cómo hago? No creo soportarlo, las corrientes me siguen arrastrando, pero cada vez pierden fuerzas y me han dejado aquí, a medio camino, extenuado, encerrado, perdido, sin saber adónde ir, qué hacer, a quien pedir ayuda. Quisiera gritar y no puedo. Ya algo me ha lanzado a otros mundos, horror! Espantoso, asfixiante, desesperante, algo entra como bola de fuego y me envuelve y golpea mi rostro; una luz me ciega horriblemente, un sonido espantoso golpea mis oídos; todo húmedo y sangrante descubro que he llegado donde no pertenezco. La onda de fuego insiste en quemarme y me golpea mis fosas nasales y no tengo más que aspirarla; “eso” entra a mis entrañas, agita mi corazón. Espantoso, asifixiante, desesperante; no puedo más y grito, grito con todas mis fuerzas, no se dónde estoy, no sé qué soy, no sé con quiénes estoy. Lloro, lloro, es lo único que puedo hacer; el fuego que he tragado, la luz que me ha cegado, me hacen gritar y llorar y digo: ¡Ya no puedo más! ¡Ya no más!…

Pero unos brazos cálidos  y fuertes me rodean, me cubren, protegiéndome, calmándome, dándome seguridad que ahora que he traspasado a este mundo, nada malo podrá ocurrirme, cubriéndome de besos, susurrando a mis oídos, hablándome quedo, con admiración y oigo su voz por primera vez y dice: “!es un varón, es varón!”.

Era la voz de la Lulita, veinteañera, mi madre. Un 18 de noviembre.

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