Me senté en la banca doble del parque, bajo una agradable sombra de ese guanacaste blanco que daba al mismo tiempo, suficiente luz para la lectura. Comencé a buscar la página donde me había quedado leyendo el libro de Augusto Monterroso (La Oveja Negra y Otras Fábulas), siempre admirado de esa imaginación y creatividad que le daba el habla, como Esopo, a esos animales que por egolatría, suponemos silentes, inconscientes, insensibles.

Estaba en lo mejor de la lectura, cuando no tuve más remedio que poner atención primero a las voces bajas que a mis espaldas en esa banca doble, fueron subiendo de tono a medida que les ponía más atención. Era a todas luces la conversación dulce de una pareja que se estaban expresando sus propios sentimientos.

-¿Por qué te  sientes asi?, expresó ella.

 Y respondió él: Yo padezco de algo crónico, peor que tú, que es haber tenido algo intenso aunque breve, con alguien, y vivir extrañando eso por largo tiempo; reconozco que es como extrañar mas lo no vivido, que lo vivido. Mi vida parece correr siempre en sentido contrario a sus deseos.

-Entonces, inventa una nueva brújula que te señale el norte aunque vayas al sur, le aconsejó ella, cariñosa.

– Ese tipo de brújula es la que ando; no es remedio.

– Entonces, vuélvete a las estrellas y cambiales el rumbo a ellas; puede resultar más fácil

-Creo que es ella la que no conoce las brújulas, ni el rumbo de las estrellas.

-Entonces, .. A lo mejor es que se quiere esconder, tiene miedo de volver a tenerte.

– ¿Miedo de volver a tenerme? En realidad, es mejor, es más seguro, tener algo que se sabe se va a perder, que no tener sabiendo que de todas formas nunca lo vas a encontrar.

Quise en ese momento girar mi cabeza a mis vecinos de banca, pero me pareció demasiado inoportuno e hice como que me concentraba más en la lectura de mi libro.  La conversación continuó:

-Tienes razón en eso; como dijo un escritor famoso: “¡hazlo, porque de todas maneras te vas a arrepentir!” Pero tienes que dejar el pragmatismo y que los sueños gobiernen tu vuelo. Pero dime, ¿quién es ella?

(Era una voz femenina a la vez dulce y firme).

-Pues eres tú, contestó él, muy claro,

No pude más con mi curiosidad y volví la cabeza hacia el otro lado de la banca. Pero cuál fue mi sorpresa: ¡No había nadie allí!

Solo alcancé a oir un batir agitado de alas y ver como dos zenaidas asiáticas  alzaban el vuelo, rápidamente, perdiéndose entre las luces y sombras del frondoso Guanacaste blanco que había buscado para mi lectura de las fábulas del gran Monterroso.

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