Ella era aeromoza, elegante, espigada. De traje azul con líneas rojas y blancas. Tomó el taxi en el que yo iba, igualmente al aeropuerto Sandino de Managua. Se sentó adelante, pues mis maletas quitaban espacio en el asiento de atrás. Pensé: -“¡qué bonita que es, muy elegante, parece una modelo!”

El taxi iba raudo en la carretera norte, sorteando camiones, buses, motos, carretones, bicicletas en esa guerra de guerrillas que son las calles de Managua. Un taxista es un artista en hacerte llegar a tiempo, es en cierta forma su razón de ser…Pero se encuentra en esa labor, serios y feroces contrincantes: En cierto momento, hay una especie de carrera entre el taxi y un bus urbano de pasajeros, color amarillo, de esos desechados hace años en las transportes escolares de cualquier condado de cualquier estado usaamericano.

Y el taxista decide no dejarse y acelera, aventajando por la izquierda del bus. Eso deja unos segundos en los que el taxi y el bus, de hecho van paralelos, a la misma velocidad y podemos los pasajeros vernos los rostros mutuamente.

En ese instante, de una de las ventanillas, sale volando un objeto verde, girando y girando y todavía puedo observar la mano y el rostro de quien lo lanzó: es una mujer algo gorda, que se va riendo y platicando animadamente. El objeto verde, a toda velocidad, entra por la ventanilla del taxi y con fuerza, se estrella en el pecho de la aeromoza elegante, espigada, bonita que se había sentado adelante. El taxi aminora la velocidad por el grito de la muchacha y volvemos a ver qué ha sucedido: en su pecho y en su regazo, manchando la impecable blusa blanca y la chaquetita azul con tiritas rojas y blancas, tiene prendidos pedazos de yuca, miles de pedazos de repollo fino, manchas rojas de tomate y cáscaras de tomate, mojada casi de pies a cabeza por vinagre, hojas de plátano casi enteras, perlitas rojas y verdes de chile congo, pedazos duros mal masticados de chicharrón, la piel refrita del cerdo que corona los típicos platos de vigorón nicaragüense!

Tal vez la mujer gordita y sonriente del bus, que platicaba animadamente ya no quería seguir comiendo ese vigorón en el interior del bus (como si es una urgencia ir comiendo vigorón en un bus urbano), se le terminó el apetito.

O tal vez estaba muy picante el chile, quizás malo el repollo o el chicharrón demasiado duro como para dejarse masticar. No sé.

Pero el llanto impotente de la joven, tratando de limpiarse y explicando que era su primer vuelo internacional, que eso la iba a atrasar, que no sabía cómo iba a hacer para llegar a tiempo a su pre chequeo, contrastaba con la imagen relajada, sonriente, de la gordita que perdió el apetito por el vigorón y que por lo tanto, al estilo de “lanza tus penas al viento”, tiró por la ventanilla del bus aquel objeto verde, que girando, girando y dándole en el pecho, logró arruinarle su primer día de trabajo, su primer vuelo a otro país a una joven aeromoza, elegante, espigada, que no dejaba de llorar.