Un jefe militar que llevo a la independencia de su pais y renunció a su tercera reelección

George Washington tuvo el privilegio de poner la primera piedra del Capitolio de Estados Unidos de América y de hecho, la piedra angular de la formación de un gran pueblo y un poderoso país, aun y con todas sus contradicciones: Por ejemplo, siendo un rico hacendado y comerciante, solamente hasta su muerte dispuso liberar al cuerpo de esclavos del que se sirvió toda su vida. No se atrevió nunca, mucho menos, a pesar de su histórico papel fundacional constitucionalista, a que el nuevo país prohibiese la esclavitud de una parte de sus habitantes.

Pero Washington fijó un norte, un rumbo a la nación con algunas decisiones y líneas de futuro que en general, determinaron el crecimiento y el poderío de Estados Unidos.

No quiso ser rey

Una de sus primeras decisiones, fue rechazar las propuestas de una buena parte de sus seguidores, de convertirse en el nuevo Rey de las colonias, después del periodo de guerras y luchas independentistas entre 1773 (protesta del Boston Tea Party) y 1783 (Inglaterra hace la paz y reconoce la independencia de dichas colonias). A partir de esta fase, Washington fue claro en no repetir la experiencia monárquica y absolutista de Inglaterrra y el resto de Europa, e insistió vehementemente en un enfoque equilibrado entre lo republicano, lo unionista y lo federalista. En 1789 fue electo como el Primer Presidente de la nueva nación, para un periodo de cuatro años, ya con una Constitución federalista.

No quiso ser reelecto por tercera vez

Fue reelecto para un segundo mandato y propuesto para un tercero a partir de 1797, el cual no aceptó. Este gesto de Washington estableció desde entonces, una costumbre de no aceptar un tercer periodo para las próximos presidentes, hasta Franklin Roosevelt, electo por tres y hasta cuatro mandatos (En 1951 se aplicó una enmienda constitucional, limitando a dos periodos consecutivos, la reelección).

Su renuncia a no ser postulado ni electo por un tercer periodo, se encuentra detalladamente razonada en su famosa despedida (The Washington Farewell), http://avalon.law.yale.edu/18th_century/washing.asp., una especie de testamento político en el que se refiere a los ejes fundamentales en los que la nación que había levantado, debería continuar por sí sola. Vamos a referirnos a algunos de esos ejes en su Carta de Despedida de 1796.

Primer eje: El sumo imperio de la ley

Washington plantea que una nación debe privilegiar, ante todo, la dominancia de la ley sobre todo tipo de particularidades e intereses. Dice: “Todo lo que impide la ejecución de las leyes, todas las combinaciones y asociaciones bajo cualquier motivo plausible con designio de turbar, oponerse, violentar las regulares deliberaciones de las autoridades constituidas, son destructivas de los principios fundamentales, y de una tendencia peligrosa. Ellas dan nacimiento a las facciones, y les prestan una fuerza extraordinaria.

Segundo eje: no suplantar los intereses de la nación, por los de un partido o facción

Dice Washington: “(Las facciones) colocan en lugar de la voluntad delegada de la nación la voluntad de un partido, y las miras pequeñas y artificiosas de unos pocos, y siguiendo los alternativos triunfos de las facciones diferentes, dirigen la administración pública por mal concertados e intempestivos proyectos, no por planes consistentes y saludables, dirigidos por consejos comunes, y modificados por intereses recíprocos. Por ahora no tenemos tan tristes acasos, pero en la serie de los tiempos y de las cosas, pueden aparecer hombres astutos, ambiciones, y sin principios, que logren trastornar el poder del pueblo, y usurpar las riendas del mando, arruinando después a aquellas mismas máquinas que les proporcionaron elevarse a una injusta dominación”.

Aquí se señala que al surgir el dominio de una facción en la cosa pública, uno de los efectos es perder la capacidad de tener “planes consistentes y saludables” para la nación, pues privarían las visiones particulares, limitadas, no incluyentes, improvisadas. Advierte contra la aparición de “hombres astutos, ambiciones y sin principios” que “usurpan las riendas de mando”, arruinando los mecanismos que les dieron ese poder de haber sido electos.

Tercer eje: Resistir los cambios constitucionales frecuentes

Washington propone una estabilidad de largo plazo en las disposiciones constitucionales, precisamente para prevenir al sistema de la lucha de facciones o por intereses particulares o inmediatos. Dice: “(…) El plan de asaltaros será alterar la constitución, para debilitar el vigor del sistema, ya que no puede combatirse al descubierto. En todas las alteraciones a que se os invite, debeis acordaros que el tiempo, y el hábito fijan el verdadero carácter de los gobiernos, y de todas las instituciones humanas : -que la experiencia es quien descubre la tendencia de la constitución de un país : -que la facilidad y ligereza en hacer variaciones, fiándose de opiniones hipotéticas, expone siempre a que no haya nada estable, nada cierto, según la variedad eterna de las hipótesis y de las opiniones : -acordaos especialmente que tanto para un país tan extenso como el nuestro, como para la seguridad y libertad general, es indispensable un gobierno enérgico”.

Esta visión de largo plazo propuesta por George Washington, ha resultado tan certera y especialmente, tan seguida por las restantes generaciones, que en Estados Unidos no han habido otros Congresos o Asambleas Constituyentes, aunque sí importantes Enmiendas constitucionales que mas bien ha reforzado, en general, aquella visión fundacional.

Cuarto eje: Resistir el despotismo

Washington observa que de darse una alternancia política, pero que actúa facilitando el afán de venganza de una facción o partido contra el derrotado, conduce a formas de “ despotismo que ha cometido los más horribles excesos durante muchos siglos en diferentes países. Esa dominación conduce a otro despotismo más visible y permanente, pues los desórdenes y miserias de aquél predisponen el espíritu a buscar seguridad y descanso en el poder absoluto de un individuo; y, tarde o temprano, el jefe de algún sector dominante, más hábil o más afortunado que sus rivales, acaba por aprovechar esa inclinación de los ánimos para elevar su poderío sobre las ruinas de la libertad pública”.

Para concluir en esta observación, que “el espíritu de partido jamás debe apagarse del todo; pero deberá ser objeto de una vigilancia constante para que no devore con sus llamas en lugar de caldear”.

Quinto eje: Poderes en equilibrio, no permitir ilegalidades y usurpaciones

Hay que mencionar que incluso los fundadores del marxismo, Marx y Engels, señalan a la Revolución Francesa de 1789 como la primera revolución burguesa, la primera insurrección de la burguesía contra el feudalismo, la monarquía y contra la nobleza, que dió vida a las formas republicanas basadas en los postulados de la separación y equilibrio de poderes de Montesquieu. Este, junto con Voltaire y Rosseau, habían planteado los derechos de la burguesía frente a los señores feudales, que George Washington en su carta de despedida en 1796, repite literalmente: “Vida, Libertad, Propiedad” .

De esa manera, se ha desconocido el carácter inédito de la revolución de las trece colonias inglesas, como la verdadera revolución burguesa. Pero George Washington esta conciente de ese carácter inédito y es el primer líder burgués del mundo en aplicar aquellos postulados: ” Importa igualmente que los hombres encargados del gobierno de un país libre limiten su acción a las respectivas esferas constitucionales, evitando que en el ejercicio de los poderes ningún departamento usurpe las funciones de otro. El espíritu de usurpación tiende a concertar los poderes en uno solo, y crea de tal modo un verdadero despotismo, sea cual fuere la forma de gobierno. Está demostrado por la experiencia, tanto de los tiempos pasados como de los nuestros, y aun en nuestro mismo país, la necesidad de sujetar el ejercicio del poder político, dividirlo entre diferentes depositarios que se vigilen recíprocamente y que cada uno se constituya en protector del bien común contra las invasiones de los demás poderes, porque su conservación es tan importante como la institución del poder. Si el pueblo encuentra viciosa la distribución de los poderes constitucionales y desea modificarla, dejad que se corrija por el procedimiento que señale la Constitución. Jamás debe hacerse la reforma por medios ilegales, ni por usurpaciones que aunque pretendan el bien, destruyen a los gobiernos y causan el mal permanente de su ejemplo, superior a cualquier parcial o pasajero beneficio que reporten”.

Sexto eje: la renuncia personal del dirigente o del líder

Finalmente, al final de su Carta de Despedida mediante la cual George Washington renuncia a su reelección, fija los motivos íntimos que lo impulsan a no aceptar continuar en la Presidencia de su país y dice: “Confiando en esa bondad de mi país, y poseído de un ardiente amor hacia él, tan natural en el hombre que en esta tierra tuvo su cuna y la de sus padres por muchas generaciones, me regocijo anticipadamente al pensar en el tranquilo retiro donde pienso entregarme al reposo, a fin de disfrutar, entre mis queridos conciudadanos, de la benéfica influencia de sabias leyes, bajo un gobierno libre, objeto favorito de mis constantes deseos y la más dulce recompensa que puedan alcanzar nuestros mutuos afanes y peligros·.

Y así, el hombre se retiró, a pesar de los halagos y constantes llamados de sus seguidores, partidarios, admiradores, aduladores, carreristas, oportunistas, pensadores, estrategas, cabideadores, terratenientes, comerciantes, soldados, oficiales, etc., que le llamaban y halagaban para continuar.

Con todo y sus limitaciones, algunas de las cuales hemos señalado, George Washington sigue siendo ejemplo en este tipo de decisiones, hasta el punto que en su tiempo, el Rey George III de Inglaterra , al conocer de su renuncia después del segundo mandato, dijo de Washington, “si el hace eso, será el personaje más grande de la era”. Washington lo hizo, traspasando pacíficamente el poder presidencial a John Adams en 1797.

Hay que señalar que ningún prócer de la independencia en Suramérica, pasando por Morazán o Bolívar, renunció a los mecanismos de reelegirse una y otra vez. Ni tampoco dictadores como los de Tunez, Egipto, Libia, Yemen,Bahrain, sacudidos por rebeliones de las masas. 

Son, al decir de George Washington, esos jefes que “de algún sector dominante, más hábil o más afortunado que sus rivales, acaba por aprovechar esa inclinación de los ánimos para elevar su poderío sobre las ruinas de la libertad pública”.

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