Tiene usted frente a sus ojos la góndola del supermercado donde multicolores, en variedad de tamaños, tipos de empaques, precios, se alinean las marcas de ese producto que usted busca.

Usted estima que tiene en su bolsillo el dinero suficiente para adquirir el artículo que ha decidido que necesita y que va a adquirir. Es decir, tiene el poder de decidir. En este caso, es usted un comprador activo. Si usted conoce y ha identificado su necesidad y el producto que requiere, pero no tiene lo suficiente, usted es un comprador potencial, pero sin capacidad de compra, sin poder adquisitivo en ese momento.

Si antes de llegar al anaquel usted ya había tomado su decisión de compra, su tiempo de meditación frente al anaquel es nulo o es mínimo, pues va directo al producto, lo extrae y luego lo lleva a caja para formalizar su decisión de compra. Puede que de previo usted haya decidido esa compra por haber estado expuesto y haber sido “reclutado” por la publicidad de ese producto, porque alguien se lo recomendó, porque quiere experimentar en base a información o motivadores recibidos con vecinos, conocidos, familiares, en la calle, por prestigio, moda, status, etc. O quizás alguna promoción con la promesa de un futuro premio, lo alienta, pensando que la transacción es ventajosa.

Usted vacila, pero sabe que tiene que tomar una decisión rápida, si parado frente al anaquel, se da cuenta que aun tiene que considerar muchos factores antes de decidir comprar o no comprar. Es el momento de su decisión.

LA DEMOCRACIA COMO EXPRESIÓN DEL MERCADO

En el sistema vigente de democracia, los procesos eleccionarios son una copia perfectamente calcada del proceso de compra que ha quedado descrito:

Se enfrenta una masa de votantes (“compradores”) a un anaquel político (“góndola del supermercado”) donde se exhibe una variedad también multicolor de candidatos y candidatas (“productos”) de diferente presentación, de diferentes partidos (“marcas”) y alianzas (“combos promocionales”). El voto (“capacidad adquisitiva”) se deposita en la caja de votación (“Caja” también, al fin y al cabo) y de esa manera se determina el producto más comprado, el candidato o los candidatos que usted va a “consumir” en el periodo predeterminado.

La diferencia es que usted puede llegar las veces que quiera al anaquel del supermercado y en instantes puede decidir si cambiar de producto porque el anterior no le ha satisfecho o porque nuevas promociones le han convencido de cambiar, por las causas que sean. En cambio, en nuestras democracias, las “compras” duran cuatro-cinco años, pareciéndose así más a una decisión de inversión que a una de consumo.

Esa decisión nos va a acarrear muchos problemas si el producto más comprado (“votado”) resulta ser una estafa o una frustración o una impotencia, o se va perfilando como mono producto en el anaquel, porque en este sistema democrático no hay devolución de la compra, no hay marcha atrás, no hay descuento, no hay lugar para reclamos efectivos.

Por eso, a diferencia de las consideraciones sobre el detergente más efectivo o la avena más energética y sus mensajes, propagandas, promociones, cupones prefirmados de “una vaquita, un chanchito, o un buey”, ustede debe pensar bien su decisión antes de comprar a un candidato, con mucha mayor razón si no está comprando un programa de trabajo, sino una imagen, un slogan simple, un reeempaque, una simple etiqueta, una marca que talvez tuvo mejores tiempos o de la cual no se sabe nada.

Recuerde simplemente que la regla de esta democracia es soportar la decisión de compra (votación) por cuatro-cinco años, no hay cobertura de garantía por productos malos o defectuosos (lo que demuestra que a veces la economía, el mercado, pueden resultar ser  más liberales que la política).

Valore lo más que pueda su capacidad adquisitiva, mientras la tenga.

Anuncios