Como Borges o Sábato, iconos culturales de una de las caras de América Latina, Mario Vargas Llosa es del linaje de esos escritores que son el revés de los pasteles: la torta va por fuera y el merengue por dentro.

A su propio pesar, Vargas Llosa, premiado con el Nobel de Literatura, formó parte de ese movimiento supuestamente “isológico” que se denominó “boom latinoamericano” junto a García Márquez, Julio Cortázar, Eduardo Galeano, que fueron una especie de manifestación insurreccional contra el pensamiento patriarcal y neocolonialista dominante en la región. Se podría decir que ese “boom” literario-politico donde el merengue era la forma y la torta el contenido, no puede disociarse del estremecimiento vertebral de una América Latina poblada de regímenes militares golpistas y absolutistas, ante el proceso revolucionario cubano (1960), que abría horizontes nuevos para esas “venas abiertas de América Latina”. Son testimonios de esa fase los libros de Vargas Llosa, entre otros,  “La ciudad y los perros” (1962), “La casa verde” (1966), “Conversación en La Catedral “(1969), “Pantaleón y las visitadoras (1973).

Pero Vargas Llosa, animado por su boom y dada la idolatría que recibía en su Perú natal, decidió, en vez de narrar con su pluma la realidad, usar la pluma para dictar decretos a la realidad:  Se lanzó, en 1990, de candidato a Presidente, perdiendo ante un mas populista y hábil Fujimori. Este fiasco que le hizo vivir su propio pueblo, hizo que en menos de tres años, adoptase la nacionalidad española y desde entonces, aun cuando guardando todavía algo de su calidad literaria y su extraordinaria capacidad narrativa, y a medida que se venía llenando de canas, fue evolucionando a posiciones más explícitamente anti boom y anti revolucionarias y adoptando hacia América Latina una visión y un entrecejo propio de las clase medias y altas de Europa y mas específicamente, de España.

Así, se ha identificado con la panfletaria obra: “Manual del Perfecto Idiota Latinoamericano”,  enfocada a destruir la joven obra de Eduardo Galeano (“Las venas abiertas…”), que había motivado mucha de la militancia revolucionaria de grandes contingentes de juventud de los años 60  y la publicación el “Regreso del Idiota”, contra Chávez de Venezuela, asi como ha despotricado contra la figura de Fidel Castro.

La certeza de las motivaciones políticas que mueven al Premio Nobel (recordemos el sorpresivo Premio Nobel de la Paz de hace un año, a Obama, que el mismo sorprendido declaró “no lo merezco”), se confirman en el considerando principal del acuerdo de la Academia Sueca: ”por su cartografía de las estructuras de poder y sus imágenes mordaces de la resistencia, la rebelión y la derrota del individuo”.

Es decir, por ser un “cartógrafo” de la política y por su canto de cisne a la individualidad, dos categorías necesarias, por ejemplo, para las pretensiones expansionistas de España y Europa hacia la región “idiota” latinoamericana y no por el valor o calidad literaria de sus escritos, que indudablemente, los tiene.

No podemos negar su calidad literaria, pues el mismo aclaró en cierta ocasión, comentando la obra de Jorge Luis Borges: “No es verdad que la obra de un escritor pueda abstraerse por completo de sus ideas políticas, de sus creencias, de sus fobias y filias éticas y sociales. Por el contrario, todo esto forma parte del barro con que su fantasía y su palabra modelan sus ficciones”.

De hecho, Vargas Llosa se ha convertido en una especie de “Juan el Bautista” clamando por el libre mercado, la privatización, la resistencia a la nacionalización de los recursos naturales, dado que el avance de la banca, las empresas de energía, de telecomunicaciones españolas, de un grupito de unas 750 empresas (Santander, Telefonica, Endesa, Unión Fenosa, Iberdrola, Repsol, etc,), recelan por sus más de 200 mil millones de dólares invertidos en la región. Obviamente, tiene que ser un perfecto idiota el latinoamericano que no aprecie estos esfuerzos.

Vargas Llosa fue latinoamericano, de izquierda, joven y peruano cuando inició su carrera literaria. Hoy, aunque premiado, no es ninguna de esas cuatro cosas. Y de colmo, el Premio de Literatura se le da por ser ese “cartógrafo” del poder que alega la Academia de Suecia.

A su propio despecho, preferimos centrarnos en su obra literaria y no en su papel del más  “perfecto de los idiotas latinomericanos”. La torta de afuera, que no el merengue por dentro.

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